domingo, 27 de abril de 2008

CAPITULO XV

Nos hospedamos en un hotel, en habitaciones separadas. Cada uno tomó una copia del contrato y lo estudiamos por separado en cada habitación. Lógico que no me concentré un solo instante, pero nos sentíamos frenados a nuestros instintos. Bajamos a cenar y hablamos sobre las dudas que teníamos respecto al negocio de mañana. Ella se retiró antes.
Me acosté y debajo de la almohada coloqué el revolver. Pensaba, pensaba en ella, me había desnudado sin darme cuenta esperando a que toque la puerta. Pero un impulso, como cuando la fui a buscar al hotel después de las primeras noches que estuvimos juntos, me levantó de la cama y sin ropas caminé por el pasillo que separaban nuestras habitaciones y golpeé su puerta.
- ¡¡¡Qué hacés acá!!!
- Quiero estar con vos.
- Pasá mi amor, yo también.
Me abrazó y besó. Yo no podía abrazarla porque tenía el arma en la otra mano, al notarlo me miró, abrió sus ojos como nunca antes lo había hecho y se retiró de mi lado bruscamente.
- ¿¡Qué hacés!? ¿Qué es eso?
- Un revólver. Por si lo necesitamos.
- Estás loco, no va a hacer faltar. Dejá eso por favor.
Juro que no me di cuenta que había traído el arma, fue un acto inconsciente producto de mi nerviosismo y que consideraba justo, puesto que en cualquier momento podríamos tener la visita de la detective, tenía que defenderla, protegerla y el revólver era un muy buen arma. Ahora lo coloqué debajo de la cama para que no nos molestara cuando hacíamos el amor. Hicimos el amor como nunca, yo gritaba como loco de placer, quizás lo hacía adrede, porque era rara la vez que yo gritara en el acto sexual, siempre trataba de contenerlo y guardarlo en mi interior; pero esta vez quería que nos escucharan, ya no teníamos por qué ocultarlo, seguramente la raquítica estaba en la habitación de al lado o en un piso más abajo o más arriba, pero ella escucharía mis gritos y le contaría al Sr. Kolh que aquella noche la habíamos disfrutado como nunca.
- ¿Qué te pasa esta noche?
- Nada.
- Estás muy nervioso Rubén, mejor que descansemos para mañana por el contrato y estar lúcidos para la reunión.
- Vos te creés que a tu marido le importa que ese contrato se realice, si nos mandó acá para pescarnos in fragantti. En cualquier momento entra esa mujer y nos toma una foto cogiendo para mostrársela a él.
- Basta Rubén, parece que lo hacés a propósito para torturarme.
- ¿Qué te dijo de lo nuestro?
- Nada. Absolutamente nada.
- ¡¡Nada!!
- Se hizo el tonto o quiere que se lo diga yo; no sé lo que intenta.
- Y vos... ¿Se lo vas a contar?
- Tampoco sé, por ahora no. ¿Vos qué me aconsejas?
- El jueves es mi cumpleaños.
- ¡¡Ay!! Mi amor, feliz cumpleaños. ¿Qué querés que te regale?
- Que sé yo.
La reunión se realizó con toda normalidad; las acotaciones las daba casi en todo momento Martina, mientras yo sólo aclaraba algunos asuntos contables. No llamó la atención que la esposa del dueño fuese con un gerente de sucursal, incluso parecía apropiado.
Ella tomó un micro directo a su ciudad y yo volví solo a Rosario conduciendo el auto de alquiler. La mujer del ojo de vidrio no se hizo presente.

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