Martina llegó, estuvo durante todo el día hablando con su amiga Raquel comentándole porque estaba nuevamente en Rosario, a las 20:00 horas estuvo en casa y no salimos hasta el otro día cuando tuve que ir a trabajar. Era día jueves y se volvía el domingo por la noche, su marido había aceptado muy conforme la visita a su amiga enferma. El viernes durmió en casa de Raquel porque yo se lo pedí; el sábado nos encontramos cerca del mediodía y fuimos a almorzar; conversamos mucho, parecía que nos conocíamos desde siempre, estaba llegando a la intimidad que tenía con Isabel, empezaba a compararlas, medir sus diferencias y gustos, pude darme cuenta que eran muy distintas aunque las dos me atraían; Martina era todo lo que yo no había sido, se divirtió todo lo que pudo en sus años de adolescencia, conocía varios puntos del mundo, incluso Madrid donde vivía Isabel, que nunca había salido de su país al igual que yo, ocupada en sus estudios. Me preguntaba cual sería la mujer más adecuada para mí, algunos dicen que hay que buscar a una persona que sea igual a uno en gustos y costumbres, pero otros dicen que tiene que ser el polo opuesto para que la convivencia no sea insoportable; yo no lo sabía y por el momento no me preocupaba demasiado, me divertía con Martina, quería disfrutarla a ella que estaba cerca.
Después fuimos a pasear por el parque Independencia y por primera vez de tanto tiempo vivir en Rosario subí al «gusano loco», a la «rueda gigante», y a la mayoría de los juego del parque de diversiones; haciendo la cola me sentía ridículo pero me sorprendí al notar que me estaba riendo a carcajadas; también visitamos el deprimente zoológico municipal, pero estábamos más entretenidos charlando de nosotros mismos.
Esa noche tampoco salimos de mi habitación.
El domingo a la mañana llamó a Raquel preguntando si Adolfo había llamado, pero no; entonces bajó para hablar desde un teléfono público, no sé porque no lo hizo desde mi departamento, quizás por respeto a ambos, a mi realmente ya me tenía sin cuidado. Como llovió durante todo el día nos quedamos mirando televisión, no nos importaba sólo hacer el amor, sino estar juntos. A caer el sol la acompañé hasta la estación y la despedí, esta vez no me dijo «te llamo» o «vuelvo en unos días», no hizo falta, sabíamos que nos volveríamos a ver y era lo único que importaba.
Regresé a casa y sin comer nada me fui a dormir. Entré en el sueño profundo muy rápido, estaba extremadamente cansado.
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