Llegué a casa y me encontré con una carta de Isabel (hacia más de dos meses que no recibía correspondencia de ella), la abrí muy ansioso, pero al leerla me di cuenta que no estaba muy interesado, no me contaba mucho más de lo normal en nuestras cartas; se encontraba muy bien y recordaba que en unos meses era mi cumpleaños y no esperaría mi respuesta para darme una sorpresa, siempre mandaba encomienda con algún regalo para mi cumpleaños así que no me sorprendería mucho. Pobre Isabel, estaba tan compenetrado con Martina que sus palabras ya no me emocionaban; quizás algún día tendría que llegar el momento de dejarnos de escribir, pero ¿por qué tendría que ser la señora Kolh la causa?, después de todo solamente había estado con ella una sola noche y probablemente sería la única, después ella olvidaría lo sucedido y yo me pondría colorado cada vez que la volviese a ver.
Me llevé algo para comer a la cama; todo salado, como queso, fiambre y galletitas de agua; nunca me gustó mucho lo dulce, pero cada vez era menos, es muy poco probable que en mi heladera encuentre algo dulce; y mirando televisión quedé dormido; a esa hora, tipo 18, pasan dibujitos animados que me entretienen mucho pero estaba muy cansado, tanto que no recuerdo que soñé (y es muy común en mí recordar todos los sueños), pero seguro debo haber soñado con Martina porque estaba muy excitado, hacía tiempo que no despertaba así y para guardar energías para esta noche preferí tomarme una ducha bien fría, aunque dio resultado recién después de un buen rato de dejar correr el agua helada.
Ya eran las 20 horas cuando salí del baño, me puse el traje gris que tanto me gusta y por ningún motivo traté de dejar pasar el tiempo para que se hagan las 21.
Baje de mi departamento tan ansioso que creo haber estado sonriendo; tomé un taxi y le di la dirección del hotel donde estaba parando Martina (ahora era Martina y no la Sra. Kolh), al llegar le pedí al conductor que esperara unos minutos y me hice anunciar en la recepción, el botones confirmó el nombre en una pantalla de P.C. y luego marcó un número en el conmutador telefónico, al rato las puertas del ascensor se abrieron y surgió magistralmente ella. Lucía un vestido largo hasta los pies en color crema brillante sostenido por unos finos breteles que dejaban ver el comienzo de sus pechos bien formados y rígidos, de su brazo colgaba una cartera dorada y un spencer también en color crema pero opaco; su largo cuello hacia notar una gargantilla bastante gruesa que combinaba con una muñequera y aros con los mismos eslabones. Era la mujer que todos hubiesen querido tener a su lado por toda la vida, muchas miradas la observaban mientras sonriente se dirigía hacia mí; cuando la tuve a mi lado ni siquiera la salude con un beso.
- Hola... ( me dijo, pero al ver que yo no reaccionaba como un caballero me tomó del brazo y me empujó hacia ella para besarme en la mejilla). ¿Vamos?
- ¡Si!... Si, si, hay un coche esperándonos.
Coloqué el spencer en sus hombros y no me animé a abrazarla, solo caminé a su lado, salimos del hotel y entonces mi siguiente acto caballeresco fue abrirle la puerta del taxi y esperar a que subiese. Una vez arriba le pregunté:
- ¿Dónde es que queda la fiesta?
- ¿¡La fiesta!? No, es un cóctel. Aquí a la vuelta, Corrientes y Córdoba.
- ¡Ah¡ ¡Aquí a la vuelta! ¿Querés que vayamos caminando? (dije como un estúpido).
- No, por favor (protestó irónicamente como burlándose de mi).
- Bien. Corrientes y Córdoba (le dije al taxista).
En el trayecto no pronunciamos una sola palabra, cada vez que me miraba con ojos cómplices yo cerraba los míos o me daba vuelta esquivándola, parecía un pendejo de 18 años en su primera vez acosado por una prostituta, así me sentía. Al llegar bajé primero y le abrí la puerta, le pagué al taxista y una vez que arrancó la tuve otra vez frente a mí, ella me tomó del brazo y nos dirigimos a la lujosa galería donde su amiga había instalado su nuevo local, era una perfumería con estantes de cristal y barras en dorado. El lugar estaba apestado de gente con una sonrisa pintada constantemente en su cara, todos bronceados mostrándose en la propia vidriera del negocio; en la entrada nos recibió un señor de riguroso smoking preguntándonos el nombre, al confirmarlo pudimos ingresar; en seguida se nos acercó una mujer maquillada hasta el tope casi como un payaso, en un vestido de lentejuelas rojas sobre fondo negro con mangas de volados de tul que tapaban casi por completo su cara, ella nos dijo:
- ¡¡Martina!! Que puntual has llegado. Martina y...
- Lastra, Lastra Rubén (siempre decía lo mismo cuando me presentaba: «Lastra, Lastra Rubén»).
- Rubén es el gerente de la sucursal de Rosario del Banco de mi marido, que te dije que iba a invitar (dijo orgullosa Martina).
- ¿Qué tal? Encantada, soy Raquel. Bueno pasen y tomen y coman todo lo que quieran, y... ya les presento algunos amigos para que estén a gusto.
- ¡Ay! No, por favor así estamos bien, nosotros solos nos presentamos, no te preocupes Raquel.
No había terminado de alejarse Raquel cuando veo a un cliente del Banco que me miraba saludándome, al instante me puse colorado, tanto que Martina lo notó.
- ¿Qué pasa? Parece que hubieses visto a mi marido (bromeó).
- No, es un cliente del Banco.
- Bueno y que te preocupa no nos estamos besando ni revolcándonos en el piso como dos perros calientes, es un estúpido cóctel donde no queda bien que una mujer casada venga sola; aparte mi marido sabe que estoy con vos.
- ¡¡Le dijiste!!
- Y por supuesto, sería más sospechoso si no lo hacía. Vamos presentame a ese tipo y tratá de que se te vaya lo rojo de tu cara, mi amor (y sonrió nuevamente).
Tenía razón, pero no podía dejar de comportarme como un estúpido, seguía teniendo imágenes repentinas de Martina tendida en la cama desnuda. Siempre me sentía incómodo en este tipo de fiestas donde como gerente de un banco solían invitarme seguido, pero ahora sobrepasaba mis límites.
- Buenas noches ¿Cómo le va? (lo saludé a este hombre)
- Muy bien ¿Y usted? Supongo que ha dejado de controlar mis cuentas por esta noche.
- Pero he dejado a alguien encargado, no se preocupe. Le presento a la Sra. Martina Kolh; ella es esposa de unos de los socios del Banco. Martina, el Sr. es Alfredo Ordoñes, cliente del Banco y dueño de varias canchas de paddle distribuidas por la ciudad.
- Mucho gusto.
- El gusto es mío. ¿El Sr. Kolh ha quedado controlando mis cuentas? (dijo muy grotescamente y riéndose el estúpido de Alfredo Ordoñez, que había olvidado le gustaban mucho las bromas con doble sentido).
Charlamos muy poco con este señor, a Martina me pareció que no le cayó muy bien por más que haya compartido su primer chiste. A las 23:30 nos fuimos después de despedirnos de Raquel. Caminamos por la peatonal Córdoba, yo con las manos en los bolsillos de mi pantalón y ella cruzada de brazos hasta Laprida, donde tomamos un taxi hasta mi departamento, no fue necesario que le preguntase si quería venir, casi por instinto nombré mi domicilio al conductor y ella no dijo nada; hablamos sobre la ciudad de Rosario y todo lo movida que era un día viernes a la noche cuando en nuestros respectivos pueblos sólo se paseaba por la avenida principal; cuando llegamos ella sola bajó del taxi mientras yo le pagaba y esperó en el hall de entrada.
Ya dentro, ella buscó el equipo de música y lo encendió, nos sentamos en el sofá grande uno muy cerca del otro mientras escuchábamos la radio.
- ¿No me invitas con nada para tomar? (me preguntó inocentemente).
- ¡Uy! Perdón, sí; pero no tengo mucho para ofrecerte, una lata de «Coca-Cola», de cerveza, o un vaso de «Gancia» bien frío.
- Bueno, yo quiero «Gancia» con mucho hielo y limón, ¿Tenés limón?
- Creo que sí, yo me voy a tomar una Coca. Como comprenderás esta es una humilde casa de soltero.
- No tan humilde ¿o a caso el Sr. Kolh no te paga muy bien ?
- No, yo no me quejo. Pero debes estar acostumbrada a otra cosa.
- Está bien, no importa. Traeme el «Gancia».
Cuando volví con los tragos me senté en el apoya brazos del sillón junto a ella, ahora estaba más canchero, estaba en mi campo de acción. Ella me miró.
- Desde que te vi por primera vez me pregunté como serías en la cama. Estoy acostumbrada a ser la presa, a que los hombres me avancen; y vos siempre me miraste como la esposa del patroncito, con respeto, nunca dejaste tu timidez de lado. Cuando supe que mi marido tenía que viajar a Rosario para terminar unos trámites con vos, le propuse venir yo y aprovechar la oportunidad de sacarme la duda.
«Tampoco te creas que ando acostándome con todo tipo que me parezca misterioso y se me cruce por delante. Una única vez le metí los cuernos a Adolfo, en Río de Janeiro cuando fui de vacaciones con unas amigas, pero estaba medio borracha y fue para divertirme.
- ¿Y yo no soy una diversión, soy una duda?
- Bueno, la diversión fue una sola noche y la duda ya me la saqué y es la segunda noche que voy a pasar junto a vos. Mañana me quiero recluir en tu habitación para después volver al regazo de mi esposo y tratar de olvidar, no, de olvidar no, por lo menos de no pensar. Creo que los dos perderíamos mucho, soy muy ambiciosa y el viejo me da mucho.
« Y vos perderías el trabajo, que no es poco. El te tiene en un pedestal como su hijo predilecto y le haría muy mal enterarse de esto; yo lo quiero a Adolfo más allá de lo que todos digan. Sabés que vengo de una familia de muy buena posición económica y no tenía necesidad de casarme con él para salir a flote...
- Veo que tenés todo planeado.
- Por lo menos es lo que me parece mejor.
- Rubén Lastra era solo una duda (dije irónicamente).
- Una duda muy grande.
Me besó y nos fuimos a la cama.
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