Desde muy joven comencé a cartearme con gente de otros paises, al principio todos escribían y cambiábamos opiniones, pero con el tiempo también me fueron abandonando, una vez contadas todas las costumbres de mi país no tenía más que escribir sobre mis estudios porque no me pasaba nada más interesante; de a poco fueron desapareciendo, menos una, Isabel Oscaraibar, una española con la cual había entablado más que una relación de amigos por correspondencia, era mi confidente, quien me entendía en todo y me consolaba, nunca dudaba en criticarme pero con críticas que ayudaban; por ella estudié Ciencias Económicas (también es Contadora).
A pesar que la conocía tanto, no sabía como era físicamente. Desde un principio me dijo que no era necesario ser lindos o feos, rubios o morochos, altos o bajos; pensaba que el saber como éramos exteriormente limitaba nuestros sentimientos. Para mí no era inconveniente, al contrario, quizás pensaba que era muy apuesto con mucha pinta y musculoso con mirada penetrante de ojos claros; al principio insistí un poco pero como no obtenía respuesta desistí, total. Supuse que era la típica gallega de cabellos color negro y enrrulado, con cejas y labios gruesos, muy linda.
Cuando cobré mi primer sueldo la llamé por teléfono, ¡que gran emoción!, la sentía tan cerca mío sin considerar distancias reales. Su voz, su voz era también emocionante, comprensiva como sus palabras en las cartas, cariñosa y... sobre todo dulce. Estaba enamorado de ella, siempre estuve enamorado de ella, primero de sus palabras en las cartas y ahora de su voz. Por supuesto que no lo quise reconocer, me decía a mi mismo que era el idioma, que el tono gallego es muy dulce; vi «Las cosas del querer», miraba el informativo español por cable, pero no me parecían dulces, ni comprensivas, ni cariñosas. Sin duda me había enamorado perdidamente de ella. En la carta le puse que tenía muy linda voz y que debió haber sido locutora de radio; ella me contestó que también le había gustado mi voz porque era muy «dulce».
Soñé tantas cosas, tantas cosas.
Que a mí me trasladaban a una sucursal del Banco en España, entonces así poder vivir juntos; o que yo tenía tanto dinero que viajaba constantemente para vernos y hacer el amor todas las noches; o que ella dejaba todo en su país para vivir conmigo; o...
Pero todos mis sueños eran imposibles, como iría yo a dejar tan buen trabajo para ir a España; tampoco ella podía, menos para venir a Argentina. Qué boludo yo enamorarme de alguien tan lejos. Muchos podrán imaginar que no es obstáculo, pero soy una persona que le cuesta mucho tomar decisiones radicales, a pesar de ser gerente de un banco. ¡Qué ironía!.
Ya sus cartas no me bastaban, sus lindas palabras no me eran suficientes, tampoco oír su voz tan dulce; deseaba verla, tocarla, sentirla, amarla.
Un día se lo escribí «TE AMO», y pasé más de cinco meses sin recibir contestación. Le volví a escribir diciéndole que me había extralimitado con mis sentimientos y que había fantaseado en un momento de bajón amoroso; en realidad me había acobardado, ¿¡Cómo vivir sin sus cartas!?, hasta casi le pido perdón. Ella fue más inteligente, me dijo que un tiempo atrás ella había creído estar enamorada de mí pero comprendió que era un imposible, por las mismas razones de distancias que yo había usado como excusa; no tenía problemas en que nos siguiésemos escribiendo periódicamente, siempre que fuésemos dos buenos amigos, y olvidar nuestro supuesto enamoramiento trunco. Yo comprendí, pero seguía enamorado de ella, de Isabel Oscaraibar.
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