Por mi cabeza cruzaban pensamientos sobre Martina e Isabel, siempre creí estar enamorado de Isabel pero ahora otra persona se había presentado y supongo que la peor de todas ¿Qué diría mi amiga española de esto?, siempre daba un consejo justo ¿Qué dirían mis padres?, seguramente estarían en desacuerdo; el señor Adolfo Kolh era una persona muy querida en el Banco y aunque no fuese así, era uno de los dueños y los empleados no tendrían otra opción que estar de su lado y yo sería el marginado, y Martina quizás la más perjudicada, la infiel, la adultera, la traidora. No, no debía enterarse nadie, lo más probable sería que yo no consiguiese ningún otro trabajo en un banco de la ciudad, porque mi jefe se encargaría de enterar a todos sus colegas y si no, la «chusma bancaria» lo haría; bueno, sería mi oportunidad de emigrar a España; pero ¿y Martina?. Ella no podría más vivir en su ciudad, es tan pequeña que todos la señalarían con el dedo al otro día de haberse enterado. El único que estaría de acuerdo sería un ex compañero de facultad que había abandonado en el cuarto año al darse cuenta que la economía no era para él, ahora tiene un puesto en el «Mercado de Pulgas» de El Bajo de la ciudad de Rosario; siempre fue medio hippie, él era uno de los pocos amigos que había hecho por aquellas épocas y aún lo seguía viendo, su onda me gusta pero nunca fui capaz de adoptarla como propia ( un gerente de banco no puede tener el pelo largo con pantalones rotos y sandalias, ni fumar marihuana ). Cuando él se enterase se echaría a reír como un loco y me felicitaría, no porque me hubiese acostado con la esposa de mi jefe sino porque me había enamorado, como realmente tendría que ser tomada mi relación.
No sé porque me cuestiono todo esto, ha pasado una semana y no he tenido noticias de ella; como dije, ella trató de olvidar todo y cuando yo la viese me pondría colorado. Hija de puta.
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