
domingo, 27 de abril de 2008
CAPITULO XVII
Fui al Banco como todos los días, en un momento pensé en dar parte de enfermo, pero muchos ya sabían que hoy era mi cumpleaños y el gerente no podía faltar ese día, seguramente estarían esperándome con regalos para hacerme creer lo mucho que me consideraban y que siempre me tenían presente, con besos y abrazos falsos deseando en realidad que este año fuese el último en mi vida. Además de ser el día de mi cumpleaños quizás podría ser el día de mi muerte, fue por eso que decidí llevar el revólver; no le daría tiempo a la detective a sacar el suyo de la cartera, yo sería más rápido y le dispararía primero. Esa hija de puta iba a caer a mis pies y confesaría que había sido mandada por el Sr. Adolfo Kolh delante de todos los empleados, entonces yo habría actuado en defensa propia.
A pesar que sabía quien iba a ser mi verdadero asesino lo seguía tratando con respeto, le debía mucho al Sr. Kolh y consideraba su venganza justa, yo me había aprovechado de su confianza y merecía esto, aunque no estaba preparado. A lo mejor si él hubiese venido personalmente a matarme no me resistiría, pero el haber mandado a un segundo me parecía una cobardía.
No quiero pensar más en el asunto.
Como dije, tomé el arma, me la puse detrás, en la cintura, presionándola con el cinto como en las películas hacían todos; parecía un lugar seguro, mi saco la ocultaba. Decidí ir en un taxi, creía que un colectivo podía ser peligroso, sin embargo no me sentía seguro en éste y con mi vista trataba de abarcar todo a mi alcance, buscaba a la mujer del ojo de vidrio parada en cualquier esquina esperando la mejor ocasión para cumplir con su mandato.
Al entrar al Banco bajé mi cabeza sin mirar a nadie y me dirigí a mi oficina, abrí el cajón del lado derecho y dejé el revólver, creo que nadie lo notó. Casi al instante entró Mabel (mi secretaria) y me deseó feliz cumpleaños regalándome un almanaque para el próximo año ¿A quién se le ocurre regalar un almanaque para el próximo año un 11 de noviembre?, sólo a mi secretaria, imbécil. Así fueron desfilando uno a uno, las chicas de cuentas corrientes habían juntado dinero para comprar una corbata, fue el único obsequio que me gustó y puede que algún día use. Las felicitaciones ya se volvían intolerables y pedí que nadie me moleste, no quería que las gordas de tarjetas de crédito me babosearan con sus saludos, ni el fracasado del tesorero me diese un apretón de manos todas transpiradas; quería estar solo. Entonces algunos me llamaban por el interno y con la ayuda de mi secretaria hice un desvío para su teléfono. Después de las diez de la mañana suena la campanilla, era mi secretaria.
- Le dije que no quiero recibir ningún llamado.
- Lo se señor, pero es la Sra. Kolh; pensé que a lo mejor quería recibir su saludo.
- Esta bien, pásemela.... Hola Martina.
- ¿Rubén?, se lo conté, le dije todo anoche. No podía esperar más.
- Hoy es mi cumpleaños...
- Me dijo que ya sabía todo, como sospechábamos, pero que él confiaba en que yo se lo contase primero antes de tomar alguna determinación. Quiere que olvide lo que pasó entre nosotros. Con respecto a vos espera a que te disculpes con tu renuncia para que no pase a mayores y se entere todo el mundo. Así todo vuelve a ser como antes entre él y yo.
- No te preocupes estoy preparado, esto termina hoy.
- Rubén no me estás escuchando. Yo le dije que sí. Mandá tu renuncia hoy mismo, tenés que conseguir trabajo en seguida, no tengo la menor duda. Vos sabés que yo te quise en serio, desde un principio los dos sabíamos que esto no podía funcionar; te juro que lo que pasó entre nosotros no lo voy a olvidar nunca, no lo quiero olvidar, pero vos tenés que tratar de hacerlo, sos joven y exitoso muchas mujeres quisieran estar a tu lado y seguramente salís a la calle y... Sos muy bueno y no te puede ir mal...
- No te preocupes lo voy a solucionar todo hoy...
- Sí, eso es lo que tenés que hacer, pensar en positivo. Sé que a Adolfo lo quiero y es por eso que me quedo con él. No es que los estoy comparando, con vos fue algo distinto, aunque no fue una aventura como en Brasil ¿Te acordás que te conté?. Esta determinación la tomé pensando en lo mejor para vos, él tiene mucha influencia en este ambiente y el conseguir un buen puesto se te haría difícil...
- Ya no me va a perseguir más, hoy...
- ¡Claro! Ya no te va a perseguir más, quedate tranquilo respecto a eso. Estuvo hablando con la detective en cuanto se lo conté (delante mío), y lo dio como un caso cerrado.
- Hoy resuelvo todo, y vas a poder venirte conmigo.
- Hoy... ¿¡Como!? Rubén ¿Qué me estás diciendo?. No me entendiste nada. Mirá, creo que te lo expliqué todo muy bien.
- No Martina, vos no entendés.
- No, no, no; aquí hay una confusión. Espero que esto no te afecte mucho, porque hagas lo que hagas no vas a cambiar mi decisión. Chau.
Había estado hablando sin escuchar sus propias palabras, sé que no había dicho lo que sentía en realidad. Adolfo Kolh la estaba amenazando, tenía una pistola apuntándole en la cabeza, y obligándola a tomar esta determinación que no era justa. Nosotros nos amamos y no hay quien nos pueda separar.
No se acordó de mi cumpleaños.
Quedé con el tuvo del teléfono en la mano, estaba a punto de explotar, en mi interior se estaba generando una energía capaz de aniquilar toda la galaxia y yo tratando de contenerla, una furia imposible de controlar. En ese momento quería destrozar todo a mi alcance, desparramar mi escritorio y no dejar nada sano, deseaba la destrucción de todo. Estaba siendo engañado, sabía que me mentía, y otra vez pensaba que había sido toda una confabulación desde el principio; ella me había provocado para luego crear sospechas y finalmente dejarme sin trabajo, terminar con mi vida. Pero no dejaría que esto sucediese, en cuanto la raquítica del ojo de vidrio cruzase la puerta de entrada del Banco yo estaría preparado para matarla y no darle tiempo a cometer su mandato. En cualquier momento llegaría y la estaba esperando, la estaba esperando.
A pesar que sabía quien iba a ser mi verdadero asesino lo seguía tratando con respeto, le debía mucho al Sr. Kolh y consideraba su venganza justa, yo me había aprovechado de su confianza y merecía esto, aunque no estaba preparado. A lo mejor si él hubiese venido personalmente a matarme no me resistiría, pero el haber mandado a un segundo me parecía una cobardía.
No quiero pensar más en el asunto.
Como dije, tomé el arma, me la puse detrás, en la cintura, presionándola con el cinto como en las películas hacían todos; parecía un lugar seguro, mi saco la ocultaba. Decidí ir en un taxi, creía que un colectivo podía ser peligroso, sin embargo no me sentía seguro en éste y con mi vista trataba de abarcar todo a mi alcance, buscaba a la mujer del ojo de vidrio parada en cualquier esquina esperando la mejor ocasión para cumplir con su mandato.
Al entrar al Banco bajé mi cabeza sin mirar a nadie y me dirigí a mi oficina, abrí el cajón del lado derecho y dejé el revólver, creo que nadie lo notó. Casi al instante entró Mabel (mi secretaria) y me deseó feliz cumpleaños regalándome un almanaque para el próximo año ¿A quién se le ocurre regalar un almanaque para el próximo año un 11 de noviembre?, sólo a mi secretaria, imbécil. Así fueron desfilando uno a uno, las chicas de cuentas corrientes habían juntado dinero para comprar una corbata, fue el único obsequio que me gustó y puede que algún día use. Las felicitaciones ya se volvían intolerables y pedí que nadie me moleste, no quería que las gordas de tarjetas de crédito me babosearan con sus saludos, ni el fracasado del tesorero me diese un apretón de manos todas transpiradas; quería estar solo. Entonces algunos me llamaban por el interno y con la ayuda de mi secretaria hice un desvío para su teléfono. Después de las diez de la mañana suena la campanilla, era mi secretaria.
- Le dije que no quiero recibir ningún llamado.
- Lo se señor, pero es la Sra. Kolh; pensé que a lo mejor quería recibir su saludo.
- Esta bien, pásemela.... Hola Martina.
- ¿Rubén?, se lo conté, le dije todo anoche. No podía esperar más.
- Hoy es mi cumpleaños...
- Me dijo que ya sabía todo, como sospechábamos, pero que él confiaba en que yo se lo contase primero antes de tomar alguna determinación. Quiere que olvide lo que pasó entre nosotros. Con respecto a vos espera a que te disculpes con tu renuncia para que no pase a mayores y se entere todo el mundo. Así todo vuelve a ser como antes entre él y yo.
- No te preocupes estoy preparado, esto termina hoy.
- Rubén no me estás escuchando. Yo le dije que sí. Mandá tu renuncia hoy mismo, tenés que conseguir trabajo en seguida, no tengo la menor duda. Vos sabés que yo te quise en serio, desde un principio los dos sabíamos que esto no podía funcionar; te juro que lo que pasó entre nosotros no lo voy a olvidar nunca, no lo quiero olvidar, pero vos tenés que tratar de hacerlo, sos joven y exitoso muchas mujeres quisieran estar a tu lado y seguramente salís a la calle y... Sos muy bueno y no te puede ir mal...
- No te preocupes lo voy a solucionar todo hoy...
- Sí, eso es lo que tenés que hacer, pensar en positivo. Sé que a Adolfo lo quiero y es por eso que me quedo con él. No es que los estoy comparando, con vos fue algo distinto, aunque no fue una aventura como en Brasil ¿Te acordás que te conté?. Esta determinación la tomé pensando en lo mejor para vos, él tiene mucha influencia en este ambiente y el conseguir un buen puesto se te haría difícil...
- Ya no me va a perseguir más, hoy...
- ¡Claro! Ya no te va a perseguir más, quedate tranquilo respecto a eso. Estuvo hablando con la detective en cuanto se lo conté (delante mío), y lo dio como un caso cerrado.
- Hoy resuelvo todo, y vas a poder venirte conmigo.
- Hoy... ¿¡Como!? Rubén ¿Qué me estás diciendo?. No me entendiste nada. Mirá, creo que te lo expliqué todo muy bien.
- No Martina, vos no entendés.
- No, no, no; aquí hay una confusión. Espero que esto no te afecte mucho, porque hagas lo que hagas no vas a cambiar mi decisión. Chau.
Había estado hablando sin escuchar sus propias palabras, sé que no había dicho lo que sentía en realidad. Adolfo Kolh la estaba amenazando, tenía una pistola apuntándole en la cabeza, y obligándola a tomar esta determinación que no era justa. Nosotros nos amamos y no hay quien nos pueda separar.
No se acordó de mi cumpleaños.
Quedé con el tuvo del teléfono en la mano, estaba a punto de explotar, en mi interior se estaba generando una energía capaz de aniquilar toda la galaxia y yo tratando de contenerla, una furia imposible de controlar. En ese momento quería destrozar todo a mi alcance, desparramar mi escritorio y no dejar nada sano, deseaba la destrucción de todo. Estaba siendo engañado, sabía que me mentía, y otra vez pensaba que había sido toda una confabulación desde el principio; ella me había provocado para luego crear sospechas y finalmente dejarme sin trabajo, terminar con mi vida. Pero no dejaría que esto sucediese, en cuanto la raquítica del ojo de vidrio cruzase la puerta de entrada del Banco yo estaría preparado para matarla y no darle tiempo a cometer su mandato. En cualquier momento llegaría y la estaba esperando, la estaba esperando.
CAPITULO XVI
Guardé unos archivos en mi escritorio y me senté, solté un suspiro por aburrimiento y no por cansancio. Ese día hacía mucho calor y había un sol que rasgaba la tierra, pero la gente seguía corriendo por la calle Santa Fe de un lado a otro sin mirarse a la cara y llevándose por delante; desde mi oficina podía ver todo hacia afuera a través del frente de cristal que no ocultaba nada a nuestros ojos y en cuanto se abría la puerta sabíamos qué cliente era el que entraba. Cuando miraba lo que pasaba en la calle en busca de algún entretenimiento así no quedarme dormido, vi entrar a la detective, su aspecto era el mismo como en mis pesadillas, muy delgada casi raquítica con su cara chupada y pómulos profundos, y precisamente tenía el ojo de vidrio. Se dirigía directamente a mí con una leve sonrisa de complicidad y desagrado que me confundía, me paré, estaba dispuesto a recibirla y confesarle toda mi relación con Martina, no tenía sentido ocultarlo ya sabía todo lo nuestro y seguramente ahora venía a hacerme alguna propuesta para que todo quede olvidado, incluso mi puesto como gerente. Estaba vestida con su uniforme de azafata en color rojo, tal cual la había soñado; mientras se acercaba metió su mano derecha en la pequeña cartera que traía y extrajo un revólver, seguía caminando y me apuntó mostrando sus dientes amarillos, me tiré lo más rápido que pude al piso pero fue en vano, ella disparó y dio de lleno en mí.
Sonó el timbre, no sabía si estaba muerto todo cubierto de sangre u otra vez había estado soñando y cubierto de transpiración. Me levanté y miré a través del agujerito que tienen todas las puertas de los departamentos de edificios, era un hombre aparentemente del correo; abrí la puerta sin sacar el cerrojo.
- Buenos días señor, el portero me permitió subir para entregarle este telegrama personalmente que tiene que firmar, por favor.
- Si, muy bien.
- Gracias, que tenga muy buenos días.
Era el telegrama de despido sin ninguna duda, pensé. Pero no, era un telegrama de Rosario, que no entendí en un primer momento, no tenía sentido, decía:
93/11/11 1942
ZCZC RUY 705 ZOA828 10
ROSARIOESF 13 11 1115
RUBEN LASTRA
MENDOZA 3855 3º A
ROSARIOSF
EN TU CUMPLEAÑOS RECIBIRAS UNA GRAN SORPRESA
NNNN
¿Quién podría ser?, quizás estaba Martina en Rosario y quería darme una sorpresa, aunque me hubiese llamado antes por teléfono con seguridad (qué sentido tenía un telegrama), no había recibido ningún mensaje de ella desde nuestro viaje a Santa Fe el último lunes y martes, era muy pronto para recibir una nueva visita de ella, a no ser que hubiese decidido dejar a su esposo. También parecían palabras exactas de Isabel, en realidad estaba esperando la sorpresa de todos los años de parte de mi amiga la española, pero ella nunca me había mandado ningún telegrama (y si fuese así no lo consideraba mucha sorpresa), y además este era de Rosario y no de Madrid. Podría ser un telegrama del mismo Sr. Kolh que usaría el día de mi cumpleaños para mi propio asesinato y hoy mandaría a la detective a que lo hiciese; mis sueños eran como un presagio, un aviso y acababa de tener un sueño en el cual me asesinaban. Sí, me inclinaba por esta última posibilidad. Hoy tenía que esperar cualquier cosa.
Sonó el timbre, no sabía si estaba muerto todo cubierto de sangre u otra vez había estado soñando y cubierto de transpiración. Me levanté y miré a través del agujerito que tienen todas las puertas de los departamentos de edificios, era un hombre aparentemente del correo; abrí la puerta sin sacar el cerrojo.
- Buenos días señor, el portero me permitió subir para entregarle este telegrama personalmente que tiene que firmar, por favor.
- Si, muy bien.
- Gracias, que tenga muy buenos días.
Era el telegrama de despido sin ninguna duda, pensé. Pero no, era un telegrama de Rosario, que no entendí en un primer momento, no tenía sentido, decía:
93/11/11 1942
ZCZC RUY 705 ZOA828 10
ROSARIOESF 13 11 1115
RUBEN LASTRA
MENDOZA 3855 3º A
ROSARIOSF
EN TU CUMPLEAÑOS RECIBIRAS UNA GRAN SORPRESA
NNNN
¿Quién podría ser?, quizás estaba Martina en Rosario y quería darme una sorpresa, aunque me hubiese llamado antes por teléfono con seguridad (qué sentido tenía un telegrama), no había recibido ningún mensaje de ella desde nuestro viaje a Santa Fe el último lunes y martes, era muy pronto para recibir una nueva visita de ella, a no ser que hubiese decidido dejar a su esposo. También parecían palabras exactas de Isabel, en realidad estaba esperando la sorpresa de todos los años de parte de mi amiga la española, pero ella nunca me había mandado ningún telegrama (y si fuese así no lo consideraba mucha sorpresa), y además este era de Rosario y no de Madrid. Podría ser un telegrama del mismo Sr. Kolh que usaría el día de mi cumpleaños para mi propio asesinato y hoy mandaría a la detective a que lo hiciese; mis sueños eran como un presagio, un aviso y acababa de tener un sueño en el cual me asesinaban. Sí, me inclinaba por esta última posibilidad. Hoy tenía que esperar cualquier cosa.
CAPITULO XV
Nos hospedamos en un hotel, en habitaciones separadas. Cada uno tomó una copia del contrato y lo estudiamos por separado en cada habitación. Lógico que no me concentré un solo instante, pero nos sentíamos frenados a nuestros instintos. Bajamos a cenar y hablamos sobre las dudas que teníamos respecto al negocio de mañana. Ella se retiró antes.
Me acosté y debajo de la almohada coloqué el revolver. Pensaba, pensaba en ella, me había desnudado sin darme cuenta esperando a que toque la puerta. Pero un impulso, como cuando la fui a buscar al hotel después de las primeras noches que estuvimos juntos, me levantó de la cama y sin ropas caminé por el pasillo que separaban nuestras habitaciones y golpeé su puerta.
- ¡¡¡Qué hacés acá!!!
- Quiero estar con vos.
- Pasá mi amor, yo también.
Me abrazó y besó. Yo no podía abrazarla porque tenía el arma en la otra mano, al notarlo me miró, abrió sus ojos como nunca antes lo había hecho y se retiró de mi lado bruscamente.
- ¿¡Qué hacés!? ¿Qué es eso?
- Un revólver. Por si lo necesitamos.
- Estás loco, no va a hacer faltar. Dejá eso por favor.
Juro que no me di cuenta que había traído el arma, fue un acto inconsciente producto de mi nerviosismo y que consideraba justo, puesto que en cualquier momento podríamos tener la visita de la detective, tenía que defenderla, protegerla y el revólver era un muy buen arma. Ahora lo coloqué debajo de la cama para que no nos molestara cuando hacíamos el amor. Hicimos el amor como nunca, yo gritaba como loco de placer, quizás lo hacía adrede, porque era rara la vez que yo gritara en el acto sexual, siempre trataba de contenerlo y guardarlo en mi interior; pero esta vez quería que nos escucharan, ya no teníamos por qué ocultarlo, seguramente la raquítica estaba en la habitación de al lado o en un piso más abajo o más arriba, pero ella escucharía mis gritos y le contaría al Sr. Kolh que aquella noche la habíamos disfrutado como nunca.
- ¿Qué te pasa esta noche?
- Nada.
- Estás muy nervioso Rubén, mejor que descansemos para mañana por el contrato y estar lúcidos para la reunión.
- Vos te creés que a tu marido le importa que ese contrato se realice, si nos mandó acá para pescarnos in fragantti. En cualquier momento entra esa mujer y nos toma una foto cogiendo para mostrársela a él.
- Basta Rubén, parece que lo hacés a propósito para torturarme.
- ¿Qué te dijo de lo nuestro?
- Nada. Absolutamente nada.
- ¡¡Nada!!
- Se hizo el tonto o quiere que se lo diga yo; no sé lo que intenta.
- Y vos... ¿Se lo vas a contar?
- Tampoco sé, por ahora no. ¿Vos qué me aconsejas?
- El jueves es mi cumpleaños.
- ¡¡Ay!! Mi amor, feliz cumpleaños. ¿Qué querés que te regale?
- Que sé yo.
La reunión se realizó con toda normalidad; las acotaciones las daba casi en todo momento Martina, mientras yo sólo aclaraba algunos asuntos contables. No llamó la atención que la esposa del dueño fuese con un gerente de sucursal, incluso parecía apropiado.
Ella tomó un micro directo a su ciudad y yo volví solo a Rosario conduciendo el auto de alquiler. La mujer del ojo de vidrio no se hizo presente.
Me acosté y debajo de la almohada coloqué el revolver. Pensaba, pensaba en ella, me había desnudado sin darme cuenta esperando a que toque la puerta. Pero un impulso, como cuando la fui a buscar al hotel después de las primeras noches que estuvimos juntos, me levantó de la cama y sin ropas caminé por el pasillo que separaban nuestras habitaciones y golpeé su puerta.
- ¡¡¡Qué hacés acá!!!
- Quiero estar con vos.
- Pasá mi amor, yo también.
Me abrazó y besó. Yo no podía abrazarla porque tenía el arma en la otra mano, al notarlo me miró, abrió sus ojos como nunca antes lo había hecho y se retiró de mi lado bruscamente.
- ¿¡Qué hacés!? ¿Qué es eso?
- Un revólver. Por si lo necesitamos.
- Estás loco, no va a hacer faltar. Dejá eso por favor.
Juro que no me di cuenta que había traído el arma, fue un acto inconsciente producto de mi nerviosismo y que consideraba justo, puesto que en cualquier momento podríamos tener la visita de la detective, tenía que defenderla, protegerla y el revólver era un muy buen arma. Ahora lo coloqué debajo de la cama para que no nos molestara cuando hacíamos el amor. Hicimos el amor como nunca, yo gritaba como loco de placer, quizás lo hacía adrede, porque era rara la vez que yo gritara en el acto sexual, siempre trataba de contenerlo y guardarlo en mi interior; pero esta vez quería que nos escucharan, ya no teníamos por qué ocultarlo, seguramente la raquítica estaba en la habitación de al lado o en un piso más abajo o más arriba, pero ella escucharía mis gritos y le contaría al Sr. Kolh que aquella noche la habíamos disfrutado como nunca.
- ¿Qué te pasa esta noche?
- Nada.
- Estás muy nervioso Rubén, mejor que descansemos para mañana por el contrato y estar lúcidos para la reunión.
- Vos te creés que a tu marido le importa que ese contrato se realice, si nos mandó acá para pescarnos in fragantti. En cualquier momento entra esa mujer y nos toma una foto cogiendo para mostrársela a él.
- Basta Rubén, parece que lo hacés a propósito para torturarme.
- ¿Qué te dijo de lo nuestro?
- Nada. Absolutamente nada.
- ¡¡Nada!!
- Se hizo el tonto o quiere que se lo diga yo; no sé lo que intenta.
- Y vos... ¿Se lo vas a contar?
- Tampoco sé, por ahora no. ¿Vos qué me aconsejas?
- El jueves es mi cumpleaños.
- ¡¡Ay!! Mi amor, feliz cumpleaños. ¿Qué querés que te regale?
- Que sé yo.
La reunión se realizó con toda normalidad; las acotaciones las daba casi en todo momento Martina, mientras yo sólo aclaraba algunos asuntos contables. No llamó la atención que la esposa del dueño fuese con un gerente de sucursal, incluso parecía apropiado.
Ella tomó un micro directo a su ciudad y yo volví solo a Rosario conduciendo el auto de alquiler. La mujer del ojo de vidrio no se hizo presente.
CAPITULO XIV
-Sr. Lastra; es el sr. Kolh desde Arroyo Seco en el teléfono, desea hablar con usted.
Me anunció mi secretaria por el intercomunicador; era rara la vez en que el Sr. Kolh llamaba personalmente al Banco, ¡que diablos quería!, seguramente me diría que estaba despedido porque me había cogido a su esposa; no sé, la única manera de enterarme era atendiéndolo.
- Muy bien, páseme la llamada. Buenos días... señor. En qué le puedo servir (dije en tono algo eufórico, aunque mi simulación ya no sirviese para nada).
- Siempre tan amable usted Rubén. Era solo para informarle que mi esposa viaja para Rosario, llegará cerca del mediodía. Juntos van a viajar a Santa Fe para hablar con empresarios a ver si existe la posibilidad de abrir una sucursal del Banco en aquella ciudad.
- ...
- ¿Qué pasa? ¿No me dice nada?... ¿Rubén?
No podía contestar, lo estaba haciendo a propósito; no sabía qué responder ¿Qué había pasado en realidad con Martina? ¿Y si yo reaccionaba mal?
- No, es que... No estaba enterado de su decisión de abrir una sucursal en Santa Fe. No sé nada al respecto...
- En alguna reunión hemos hablado sobre el tema. Es que se me presentó una oportunidad con un nuevo empresario que quiere invertir y no quiero dejarla pasar. Iba a viajar yo, pero creo mejor lo haga usted, para que sepa la confianza que tengo a mis empleados. Martina, mi esposa, le dará los detalles en el viaje, alquilen un auto así ella puede ir leyendo las cláusulas del futuro contrato sin ninguna interrupción, lo conoce muy a fondo pues estuvo ayudándome un par de noches a pasarlo en limpio. La reunión con este empresario es mañana martes a la tarde, tienen un día entero para estudiarlo. Es un negocio casi hecho, sólo necesito que lo tengan por escrito y sea entregado personalmente por alguno de nosotros, no tienen que firmar nada.
- Muy bien Sr. Kolh, pero... me hubiese gustado...
- Ahora tengo que cortar, cualquier duda pregúntele a Martina. Y atiéndamela muy bien. Adiós.
Era una trampa, estaba jugando conmigo. No podía disimular mi nerviosismo y me fui al baño, me lavé la cara y me resfregué los ojos. De un momento a otro tendría que llegar Martina. Nos quería encontrar juntos en la cama para asesinarnos a los dos, o nos quería matar en la ruta como si fuese un accidente. No, no lo podía soportar, tenía que inventar una excusa para no hacer este viaje, pero qué.
Cuando regresé a mi escritorio esperé media hora sin hacer nada y llegó ella, la Sra. Kolh.
- ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué no me dijiste nada? (le pregunté desesperado sin saludarla)
- No podía, lo resolvió ayer a la noche, si yo iba a viajar con él... y de pronto dijo que era mejor que vaya con vos.
- Te das cuenta que nos quiere matar, lo va hacer en la ruta (dijo que alquilemos un auto), parecerá un accidente, lo sé...
- Pero que estás diciendo Rubén. Adolfo no es capaz de semejante cosa (me decía mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y se tapaba la cara para no ser vista).
- Lo hizo a propósito. Lo hizo a propósito (sin darme cuenta estaba gritando y por más que la puerta de mi oficina estuviese cerrada los empleados habían escuchado y miraban curiosos para enterarse qué estaba pasando).
- Rubén, por favor. Vamos a almorzar y hablemos en otro lugar (dijo tranquilizándome).
- No, vámonos ahora. Andá a alquilar el auto; yo tengo que ir a casa a buscar algunas ropas y me pasas a buscar por allá.
- Vamos juntos.
- No, pasame a buscar por casa (estaba tan asustado, tan nervioso, que incluso yo no me reconocía, estaba cambiando de personalidad).
Llegué a mi departamento y sin pensarlo busqué en la puerta derecha de mi ropero, debajo de la ropa de invierno, un arma, un revólver muy pequeño que había comprado hacía tiempo, no sabía que tipo de arma era, sólo la tenía porque mi padre había dicho que era conveniente tener una, y había llegado el momento de usarla. Nos seguiría un detective y en el momento de estar seguro quién fuese, le dispararía. Tomé sólo un traje y ropa sport para viajar. Bajé y Martina llegó al instante. Conduje yo mientras ella me leía el contrato, interrumpiendo al principio por su llanto, no le dije nada hasta que sola se fue calmando. Mis ojos estaban desorbitados mirando entre un espejo y otro en busca del coche sospechoso.
- ¡Por favor!. Dejá de actuar como si nos estuviesen siguiendo (gritó Martina cuando comenzó a llorar nuevamente).
- Es que nos están siguiendo. Vos misma me dijiste sobre el detective.
- Si, ya sé. Pero no nos va a matar. Creo que es una mujer.
- ¿¡Qué!?
- Si, creo que es una mujer; una mujer detective.
- ¿Por qué? ¿Por qué lo decís?
- Encontré otras facturas y hay muchos gastos de perfumería e incluso de peluquería...
- Es ella, es ella...
- ¿¡La viste!?
- No precisamente. ¿Cómo es?
- No sé, nunca la vi, pero... ¿Como sabés quien es?
- Tuve muchos sueños con una mujer que me seguía, pero no sé quien es, no la conozco. Y tiene que ser ella, es la detective. Quizás mi inconsciente la percibió y en los sueños la hace presente...
- ¡Ay! Rubén no digas idioteces, estás inventando cosas.
- No, no, lo digo en serio. Me tenía obsesionado la mujer del ojo de vidrio y ahora me doy cuenta quién es; cuando la vea podremos escapar.
- Encima tiene ojo de vidrio. Estuviste viendo muchas películas de terror.
- Está bien, no importa, a mí me tranquiliza.
Y seguimos viaje. Yo más contento de saber que la mujer del ojo de vidrio era la detective. Ahora sabía que la raquítica que me perseguía en mis pesadillas era la persona que había contratado el Sr. Kolh para comprobar mi relación con Martina y esto significaba un gran alivio para mi.
Me anunció mi secretaria por el intercomunicador; era rara la vez en que el Sr. Kolh llamaba personalmente al Banco, ¡que diablos quería!, seguramente me diría que estaba despedido porque me había cogido a su esposa; no sé, la única manera de enterarme era atendiéndolo.
- Muy bien, páseme la llamada. Buenos días... señor. En qué le puedo servir (dije en tono algo eufórico, aunque mi simulación ya no sirviese para nada).
- Siempre tan amable usted Rubén. Era solo para informarle que mi esposa viaja para Rosario, llegará cerca del mediodía. Juntos van a viajar a Santa Fe para hablar con empresarios a ver si existe la posibilidad de abrir una sucursal del Banco en aquella ciudad.
- ...
- ¿Qué pasa? ¿No me dice nada?... ¿Rubén?
No podía contestar, lo estaba haciendo a propósito; no sabía qué responder ¿Qué había pasado en realidad con Martina? ¿Y si yo reaccionaba mal?
- No, es que... No estaba enterado de su decisión de abrir una sucursal en Santa Fe. No sé nada al respecto...
- En alguna reunión hemos hablado sobre el tema. Es que se me presentó una oportunidad con un nuevo empresario que quiere invertir y no quiero dejarla pasar. Iba a viajar yo, pero creo mejor lo haga usted, para que sepa la confianza que tengo a mis empleados. Martina, mi esposa, le dará los detalles en el viaje, alquilen un auto así ella puede ir leyendo las cláusulas del futuro contrato sin ninguna interrupción, lo conoce muy a fondo pues estuvo ayudándome un par de noches a pasarlo en limpio. La reunión con este empresario es mañana martes a la tarde, tienen un día entero para estudiarlo. Es un negocio casi hecho, sólo necesito que lo tengan por escrito y sea entregado personalmente por alguno de nosotros, no tienen que firmar nada.
- Muy bien Sr. Kolh, pero... me hubiese gustado...
- Ahora tengo que cortar, cualquier duda pregúntele a Martina. Y atiéndamela muy bien. Adiós.
Era una trampa, estaba jugando conmigo. No podía disimular mi nerviosismo y me fui al baño, me lavé la cara y me resfregué los ojos. De un momento a otro tendría que llegar Martina. Nos quería encontrar juntos en la cama para asesinarnos a los dos, o nos quería matar en la ruta como si fuese un accidente. No, no lo podía soportar, tenía que inventar una excusa para no hacer este viaje, pero qué.
Cuando regresé a mi escritorio esperé media hora sin hacer nada y llegó ella, la Sra. Kolh.
- ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué no me dijiste nada? (le pregunté desesperado sin saludarla)
- No podía, lo resolvió ayer a la noche, si yo iba a viajar con él... y de pronto dijo que era mejor que vaya con vos.
- Te das cuenta que nos quiere matar, lo va hacer en la ruta (dijo que alquilemos un auto), parecerá un accidente, lo sé...
- Pero que estás diciendo Rubén. Adolfo no es capaz de semejante cosa (me decía mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y se tapaba la cara para no ser vista).
- Lo hizo a propósito. Lo hizo a propósito (sin darme cuenta estaba gritando y por más que la puerta de mi oficina estuviese cerrada los empleados habían escuchado y miraban curiosos para enterarse qué estaba pasando).
- Rubén, por favor. Vamos a almorzar y hablemos en otro lugar (dijo tranquilizándome).
- No, vámonos ahora. Andá a alquilar el auto; yo tengo que ir a casa a buscar algunas ropas y me pasas a buscar por allá.
- Vamos juntos.
- No, pasame a buscar por casa (estaba tan asustado, tan nervioso, que incluso yo no me reconocía, estaba cambiando de personalidad).
Llegué a mi departamento y sin pensarlo busqué en la puerta derecha de mi ropero, debajo de la ropa de invierno, un arma, un revólver muy pequeño que había comprado hacía tiempo, no sabía que tipo de arma era, sólo la tenía porque mi padre había dicho que era conveniente tener una, y había llegado el momento de usarla. Nos seguiría un detective y en el momento de estar seguro quién fuese, le dispararía. Tomé sólo un traje y ropa sport para viajar. Bajé y Martina llegó al instante. Conduje yo mientras ella me leía el contrato, interrumpiendo al principio por su llanto, no le dije nada hasta que sola se fue calmando. Mis ojos estaban desorbitados mirando entre un espejo y otro en busca del coche sospechoso.
- ¡Por favor!. Dejá de actuar como si nos estuviesen siguiendo (gritó Martina cuando comenzó a llorar nuevamente).
- Es que nos están siguiendo. Vos misma me dijiste sobre el detective.
- Si, ya sé. Pero no nos va a matar. Creo que es una mujer.
- ¿¡Qué!?
- Si, creo que es una mujer; una mujer detective.
- ¿Por qué? ¿Por qué lo decís?
- Encontré otras facturas y hay muchos gastos de perfumería e incluso de peluquería...
- Es ella, es ella...
- ¿¡La viste!?
- No precisamente. ¿Cómo es?
- No sé, nunca la vi, pero... ¿Como sabés quien es?
- Tuve muchos sueños con una mujer que me seguía, pero no sé quien es, no la conozco. Y tiene que ser ella, es la detective. Quizás mi inconsciente la percibió y en los sueños la hace presente...
- ¡Ay! Rubén no digas idioteces, estás inventando cosas.
- No, no, lo digo en serio. Me tenía obsesionado la mujer del ojo de vidrio y ahora me doy cuenta quién es; cuando la vea podremos escapar.
- Encima tiene ojo de vidrio. Estuviste viendo muchas películas de terror.
- Está bien, no importa, a mí me tranquiliza.
Y seguimos viaje. Yo más contento de saber que la mujer del ojo de vidrio era la detective. Ahora sabía que la raquítica que me perseguía en mis pesadillas era la persona que había contratado el Sr. Kolh para comprobar mi relación con Martina y esto significaba un gran alivio para mi.
CAPITULO XIII
Recibí carta de Isabel, una carta muy extraña, una carta que me asustó y creo que lo mejor es transcribir sus palabras de puño y letra, aquí va:
«¿Qué te sucede Rubén? Tu última carta fue muy fría, ¿me estás abandonando?, sé que algo te está pasando. Sabes que no me gusta que me ocultes las cosas y creo que lo estás haciendo. Tu última correspondencia fue corta y no debido a que estabas ocupado con tu trabajo, sino a que me escondes algo. Y creo saber qué es, pero quiero que tú me lo digas. ¿Quizás otra mujer?. Nuestra relación no es más que de amigos pero merezco cierto respeto. Aún así recibirás una sorpresa para tu cumpleaños. Adiós.»
¿Como sabía que le ocultaba algo? ¿Como sabía qué era una mujer? Estaba como celosa. Desde un primer momento me sentí como estar engañando a Isabel y ella lo había notado, pero parecía enojada, celosa; a pesar de que decía que nuestra relación no era más que de amigos y ahora sus consejos me parecían órdenes. Leí varias veces su carta hasta que exploté de odio, la hice un bollo y la tiré. Tenía mucha bronca, esta gallega estaba influyendo mucho en mi vida y no lo podía permitir. Dije «gallega» como una ofensa, no sé por qué, siempre me refería a Isabel por su nombre o a lo sumo por «la española»; pero esta vez dije «gallega» queriendo ofenderla con un insulto, aunque fuese gallega. De todos modos a lo mejor fue pura coincidencia y no me tendría por qué preocupar.
Me fui a acostar y para no pensar en Isabel ni en Martina encendí el televisor, no daban nada entretenido así que deje un canal donde pasaban documentales, no debió ser muy interesante porque me quedé dormido. Estaba soñando que había ido a visitar a mi tía Marta y estábamos comiendo, yo daba mi espalda al ventanal del patio, ya era de noche, charlábamos en forma muy entusiasta cuando siento que me observan, bruscamente doy vuelta mi cabeza hacia el ventanal del patio y veo a la mujer del ojo de vidrio que me miraba esbozando una sonrisa en su cara casi cadavérica. Me levanté de la silla y corrí, pero esta vez no para escapar de ella, sino para atraparla; abrí la puerta del patio y la vi corriendo por entre los techos de las casas vecinas, ya estaba en la casa de al lado después de haber saltado el pequeño tapial y subido por el mismo al techo; luego saltó al techo de la casa que daba al fondo de la de mi tía; yo la seguía con mi vista y le gritaba:
- Vení acá hija de puta, vení.
Quería saber quién era y por qué aparecía en mis sueños sin yo conocerla. Cuando saltó hacia la otra casa la perdí de vista, había logrado escapar, tampoco hice mucho como para atraparla, podría haber subido a los techos y saltar tras ella, pero algo inmovilizaba mis piernas, cuando logré moverlas sólo atiné a entrar nuevamente al comedor; pero la raquítica estaba sobre el techo de la casa de mi tía y se abalanzó contra mí gritando, me tiró al piso.
Mi susto fue tan grande que no pude seguir soñando y me desperté. Otra vez me había vencido, no había podido lograr saber quién era esa mujer que me perseguía en mis sueños y me despertaba sobresaltado como a un niño miedoso solo en la oscuridad de la noche.
El televisor aún estaba encendido con otro documental en la pantalla, lo terminé de ver. No quería pensar en Isabel, ni en Martina, ni en la mujer del ojo de vidrio.
«¿Qué te sucede Rubén? Tu última carta fue muy fría, ¿me estás abandonando?, sé que algo te está pasando. Sabes que no me gusta que me ocultes las cosas y creo que lo estás haciendo. Tu última correspondencia fue corta y no debido a que estabas ocupado con tu trabajo, sino a que me escondes algo. Y creo saber qué es, pero quiero que tú me lo digas. ¿Quizás otra mujer?. Nuestra relación no es más que de amigos pero merezco cierto respeto. Aún así recibirás una sorpresa para tu cumpleaños. Adiós.»
¿Como sabía que le ocultaba algo? ¿Como sabía qué era una mujer? Estaba como celosa. Desde un primer momento me sentí como estar engañando a Isabel y ella lo había notado, pero parecía enojada, celosa; a pesar de que decía que nuestra relación no era más que de amigos y ahora sus consejos me parecían órdenes. Leí varias veces su carta hasta que exploté de odio, la hice un bollo y la tiré. Tenía mucha bronca, esta gallega estaba influyendo mucho en mi vida y no lo podía permitir. Dije «gallega» como una ofensa, no sé por qué, siempre me refería a Isabel por su nombre o a lo sumo por «la española»; pero esta vez dije «gallega» queriendo ofenderla con un insulto, aunque fuese gallega. De todos modos a lo mejor fue pura coincidencia y no me tendría por qué preocupar.
Me fui a acostar y para no pensar en Isabel ni en Martina encendí el televisor, no daban nada entretenido así que deje un canal donde pasaban documentales, no debió ser muy interesante porque me quedé dormido. Estaba soñando que había ido a visitar a mi tía Marta y estábamos comiendo, yo daba mi espalda al ventanal del patio, ya era de noche, charlábamos en forma muy entusiasta cuando siento que me observan, bruscamente doy vuelta mi cabeza hacia el ventanal del patio y veo a la mujer del ojo de vidrio que me miraba esbozando una sonrisa en su cara casi cadavérica. Me levanté de la silla y corrí, pero esta vez no para escapar de ella, sino para atraparla; abrí la puerta del patio y la vi corriendo por entre los techos de las casas vecinas, ya estaba en la casa de al lado después de haber saltado el pequeño tapial y subido por el mismo al techo; luego saltó al techo de la casa que daba al fondo de la de mi tía; yo la seguía con mi vista y le gritaba:
- Vení acá hija de puta, vení.
Quería saber quién era y por qué aparecía en mis sueños sin yo conocerla. Cuando saltó hacia la otra casa la perdí de vista, había logrado escapar, tampoco hice mucho como para atraparla, podría haber subido a los techos y saltar tras ella, pero algo inmovilizaba mis piernas, cuando logré moverlas sólo atiné a entrar nuevamente al comedor; pero la raquítica estaba sobre el techo de la casa de mi tía y se abalanzó contra mí gritando, me tiró al piso.
Mi susto fue tan grande que no pude seguir soñando y me desperté. Otra vez me había vencido, no había podido lograr saber quién era esa mujer que me perseguía en mis sueños y me despertaba sobresaltado como a un niño miedoso solo en la oscuridad de la noche.
El televisor aún estaba encendido con otro documental en la pantalla, lo terminé de ver. No quería pensar en Isabel, ni en Martina, ni en la mujer del ojo de vidrio.
CAPITULO XII
Otra vez me llamó la Sra. Kolh, pero ahora su voz no era la misma de siempre cariñosa y seductora como cuando me hablaba al oído, estaba llorando y lloraba sin parar, sus palabras se entrecortaban atragantándose con las lágrimas y le era difícil concluir una oración. ¡Qué estaba pasando!.
- Rubén... Rubén. Tengo miedo... no sabés...
- ¿¡Martina!? ¿Qué pasa? ¿De qué tenés miedo? (no podía comprender de qué me estaba hablando, casi no entendía sus palabras mezcladas con llanto).
- ¡Ay, Rubén!... Adolfo, Adolfo lo sabe, se enteró... El lo sabe, él lo sabe (y seguía repitiendo «él lo sabe» mientras yo me paré sobresaltado de mi sofá).
- ¡Cómo que lo sabe! ¿¡Qué estás diciendo!? (sabía de que me hablaba pero no lo quería reconocer, quería escuchar otra cosa, no podía ser).
- Si, sabe lo nuestro... Estoy segura, él lo sabe... porque... (me dijo casi enojada porque yo no le quería creer y la interrumpí).
- Pero ¿Qué pasó? ¿Vos le contaste? ¡Martina!
- No, yo no le conté nada. Es que en su escritorio, aquí en casa... en su escritorio encontré una factura, y está a nombre de una empresa de detectives privados. ¿Entendés?
- Pero Martina, eso no quiere decir nada (le dije tratando de calmarla cuando a mi ya me empezaban a templar las piernas).
- Es que en los gastos figuran un pasaje de ida y vuelta a Rosario en la misma fecha en que estuve allá, ¡nos estuvieron vigilando!; también un almuerzo en el restaurante que fuimos juntos el sábado. Coincide todo. Debe saber que dormí en tu casa y no en lo de Raquel, sabe todo. No dudo que tenga fotos mías junto a vos, porque le deben haber dado información completa, me preocupa tu trabajo Rubén. Tengo mucho miedo. ¿Qué vamos a hacer?
- No, no puede ser. Por favor (casi me pongo a llorar yo también), pero... ¿Cómo pudiste encontrar eso? ¿La factura estaba muy a la vista?. El tuvo que haberla escondido para que vos no te enterases (supuse sin ningún sentido, esto no justificaba nada).
- Porque yo nunca entro a su escritorio, y esta vez lo hice para buscar unas fotos y lo encontré dentro de uno de los cajones. Te juro que casi me desmayo, y ahora no puedo parar de llorar; no sé como voy a reaccionar cuando él vuelva y lo tenga que mirar a la cara. No voy a poder Rubén.
- El lo debe saber desde hace una semana, a lo mejor te quiere asustar y no pasa nada, y a mí más que echarme no puede hacer. No te preocupes (no sé a quien quería engañar, lo último que dije no lo creía ni yo, pero tenía que haber un consuelo).
- Adolfo es muy vengativo; puede llegar a hacer cualquier cosa. Por favor Rubén cuidate; si únicamente te hecha yo sería muy feliz, porque con tu título de contador conseguirás cualquier otro buen trabajo; él conoce mucha gente y si quiere puede arruinar tu carrera, si quiere te puede destruir Rubén.
- Quizás sea conveniente que renuncie antes de que él intente otra cosa...
- ¡No!, mejor esperá a que hable con él, aunque no sé que decirle, que sé yo; creo que es conveniente que me calle la boca hasta que me diga algo, porque se la puede agarrar sólo conmigo. Le pedí a la muchacha que limpia que se quede durante varios días en casa, para yo no estar sola; por lo menos hasta que planeemos algo.
- ¡Planear algo!. Martina está todo dicho, es mejor que yo renuncie y que él te pida el divorcio...
- ¡No! ¡Ya te dije que no!. No quiero que renuncies y ni hablar de divorcio, esto tiene que quedar en la nada y seguir como siempre...
- ¿¡Como quedar en la nada!? Martina esto es mucho.
- Tengo que cortar, ya debe estar por llegar. Te quiero.
- ¡Martina! ¡Martina!
«Quedar todo en la nada» era lo que quería, no había dudas. Ahora pensaba que era todo un invento de ella para terminar con lo nuestro, era una buena excusa. Aunque la sentí muy sincera y preocupada realmente, en los últimos días sabía que no me mentía en sus sentimientos, ¿por qué mierda iba a hacer esto?, no era lógico; Martina me quería como lo dijo al cortar, pero también quería estar con su esposo Adolfo y tenía miedo de lo que pudiese llegar ha hacer él, y yo también; seguramente el detective estaría siguiendo mis pasos. Si el Sr. Kolh era tan vengativo como decía ella podía incluso llegar a matarme y yo tendría que cuidar mis espaldas y cerrar bien la puerta de mi departamento, no podía dejar acceso al detective para matarme. Como siempre comenzaba a obsesionarme, había terminado de hablar con Martina y ya estaba obsesionado, como dije, es una de mis características que no puedo cambiar. También debía reforzar mis contactos con demás bancos en caso de necesitar de ellos próximamente.
Ahora aparte de seguirme la mujer del ojo de vidrio me seguía un detective.
- Rubén... Rubén. Tengo miedo... no sabés...
- ¿¡Martina!? ¿Qué pasa? ¿De qué tenés miedo? (no podía comprender de qué me estaba hablando, casi no entendía sus palabras mezcladas con llanto).
- ¡Ay, Rubén!... Adolfo, Adolfo lo sabe, se enteró... El lo sabe, él lo sabe (y seguía repitiendo «él lo sabe» mientras yo me paré sobresaltado de mi sofá).
- ¡Cómo que lo sabe! ¿¡Qué estás diciendo!? (sabía de que me hablaba pero no lo quería reconocer, quería escuchar otra cosa, no podía ser).
- Si, sabe lo nuestro... Estoy segura, él lo sabe... porque... (me dijo casi enojada porque yo no le quería creer y la interrumpí).
- Pero ¿Qué pasó? ¿Vos le contaste? ¡Martina!
- No, yo no le conté nada. Es que en su escritorio, aquí en casa... en su escritorio encontré una factura, y está a nombre de una empresa de detectives privados. ¿Entendés?
- Pero Martina, eso no quiere decir nada (le dije tratando de calmarla cuando a mi ya me empezaban a templar las piernas).
- Es que en los gastos figuran un pasaje de ida y vuelta a Rosario en la misma fecha en que estuve allá, ¡nos estuvieron vigilando!; también un almuerzo en el restaurante que fuimos juntos el sábado. Coincide todo. Debe saber que dormí en tu casa y no en lo de Raquel, sabe todo. No dudo que tenga fotos mías junto a vos, porque le deben haber dado información completa, me preocupa tu trabajo Rubén. Tengo mucho miedo. ¿Qué vamos a hacer?
- No, no puede ser. Por favor (casi me pongo a llorar yo también), pero... ¿Cómo pudiste encontrar eso? ¿La factura estaba muy a la vista?. El tuvo que haberla escondido para que vos no te enterases (supuse sin ningún sentido, esto no justificaba nada).
- Porque yo nunca entro a su escritorio, y esta vez lo hice para buscar unas fotos y lo encontré dentro de uno de los cajones. Te juro que casi me desmayo, y ahora no puedo parar de llorar; no sé como voy a reaccionar cuando él vuelva y lo tenga que mirar a la cara. No voy a poder Rubén.
- El lo debe saber desde hace una semana, a lo mejor te quiere asustar y no pasa nada, y a mí más que echarme no puede hacer. No te preocupes (no sé a quien quería engañar, lo último que dije no lo creía ni yo, pero tenía que haber un consuelo).
- Adolfo es muy vengativo; puede llegar a hacer cualquier cosa. Por favor Rubén cuidate; si únicamente te hecha yo sería muy feliz, porque con tu título de contador conseguirás cualquier otro buen trabajo; él conoce mucha gente y si quiere puede arruinar tu carrera, si quiere te puede destruir Rubén.
- Quizás sea conveniente que renuncie antes de que él intente otra cosa...
- ¡No!, mejor esperá a que hable con él, aunque no sé que decirle, que sé yo; creo que es conveniente que me calle la boca hasta que me diga algo, porque se la puede agarrar sólo conmigo. Le pedí a la muchacha que limpia que se quede durante varios días en casa, para yo no estar sola; por lo menos hasta que planeemos algo.
- ¡Planear algo!. Martina está todo dicho, es mejor que yo renuncie y que él te pida el divorcio...
- ¡No! ¡Ya te dije que no!. No quiero que renuncies y ni hablar de divorcio, esto tiene que quedar en la nada y seguir como siempre...
- ¿¡Como quedar en la nada!? Martina esto es mucho.
- Tengo que cortar, ya debe estar por llegar. Te quiero.
- ¡Martina! ¡Martina!
«Quedar todo en la nada» era lo que quería, no había dudas. Ahora pensaba que era todo un invento de ella para terminar con lo nuestro, era una buena excusa. Aunque la sentí muy sincera y preocupada realmente, en los últimos días sabía que no me mentía en sus sentimientos, ¿por qué mierda iba a hacer esto?, no era lógico; Martina me quería como lo dijo al cortar, pero también quería estar con su esposo Adolfo y tenía miedo de lo que pudiese llegar ha hacer él, y yo también; seguramente el detective estaría siguiendo mis pasos. Si el Sr. Kolh era tan vengativo como decía ella podía incluso llegar a matarme y yo tendría que cuidar mis espaldas y cerrar bien la puerta de mi departamento, no podía dejar acceso al detective para matarme. Como siempre comenzaba a obsesionarme, había terminado de hablar con Martina y ya estaba obsesionado, como dije, es una de mis características que no puedo cambiar. También debía reforzar mis contactos con demás bancos en caso de necesitar de ellos próximamente.
Ahora aparte de seguirme la mujer del ojo de vidrio me seguía un detective.
CAPITULO XI
Martina llegó, estuvo durante todo el día hablando con su amiga Raquel comentándole porque estaba nuevamente en Rosario, a las 20:00 horas estuvo en casa y no salimos hasta el otro día cuando tuve que ir a trabajar. Era día jueves y se volvía el domingo por la noche, su marido había aceptado muy conforme la visita a su amiga enferma. El viernes durmió en casa de Raquel porque yo se lo pedí; el sábado nos encontramos cerca del mediodía y fuimos a almorzar; conversamos mucho, parecía que nos conocíamos desde siempre, estaba llegando a la intimidad que tenía con Isabel, empezaba a compararlas, medir sus diferencias y gustos, pude darme cuenta que eran muy distintas aunque las dos me atraían; Martina era todo lo que yo no había sido, se divirtió todo lo que pudo en sus años de adolescencia, conocía varios puntos del mundo, incluso Madrid donde vivía Isabel, que nunca había salido de su país al igual que yo, ocupada en sus estudios. Me preguntaba cual sería la mujer más adecuada para mí, algunos dicen que hay que buscar a una persona que sea igual a uno en gustos y costumbres, pero otros dicen que tiene que ser el polo opuesto para que la convivencia no sea insoportable; yo no lo sabía y por el momento no me preocupaba demasiado, me divertía con Martina, quería disfrutarla a ella que estaba cerca.
Después fuimos a pasear por el parque Independencia y por primera vez de tanto tiempo vivir en Rosario subí al «gusano loco», a la «rueda gigante», y a la mayoría de los juego del parque de diversiones; haciendo la cola me sentía ridículo pero me sorprendí al notar que me estaba riendo a carcajadas; también visitamos el deprimente zoológico municipal, pero estábamos más entretenidos charlando de nosotros mismos.
Esa noche tampoco salimos de mi habitación.
El domingo a la mañana llamó a Raquel preguntando si Adolfo había llamado, pero no; entonces bajó para hablar desde un teléfono público, no sé porque no lo hizo desde mi departamento, quizás por respeto a ambos, a mi realmente ya me tenía sin cuidado. Como llovió durante todo el día nos quedamos mirando televisión, no nos importaba sólo hacer el amor, sino estar juntos. A caer el sol la acompañé hasta la estación y la despedí, esta vez no me dijo «te llamo» o «vuelvo en unos días», no hizo falta, sabíamos que nos volveríamos a ver y era lo único que importaba.
Regresé a casa y sin comer nada me fui a dormir. Entré en el sueño profundo muy rápido, estaba extremadamente cansado.
Después fuimos a pasear por el parque Independencia y por primera vez de tanto tiempo vivir en Rosario subí al «gusano loco», a la «rueda gigante», y a la mayoría de los juego del parque de diversiones; haciendo la cola me sentía ridículo pero me sorprendí al notar que me estaba riendo a carcajadas; también visitamos el deprimente zoológico municipal, pero estábamos más entretenidos charlando de nosotros mismos.
Esa noche tampoco salimos de mi habitación.
El domingo a la mañana llamó a Raquel preguntando si Adolfo había llamado, pero no; entonces bajó para hablar desde un teléfono público, no sé porque no lo hizo desde mi departamento, quizás por respeto a ambos, a mi realmente ya me tenía sin cuidado. Como llovió durante todo el día nos quedamos mirando televisión, no nos importaba sólo hacer el amor, sino estar juntos. A caer el sol la acompañé hasta la estación y la despedí, esta vez no me dijo «te llamo» o «vuelvo en unos días», no hizo falta, sabíamos que nos volveríamos a ver y era lo único que importaba.
Regresé a casa y sin comer nada me fui a dormir. Entré en el sueño profundo muy rápido, estaba extremadamente cansado.
CAPITULO X
A la semana siguiente me llamó, a mi casa por supuesto.
Recién llegaba del Banco y me disponía a comer algo mirando los dibujitos de la tarde, sonó el teléfono y atendí:
- ¿Hola, Rubén? Soy Martina... ¿Rubén?
No me salía ninguna palabra de la boca, estaba sorprendido, me había dicho varias veces que ya no llamaría y tenía que tratar de olvidar todo lo sucedido. Mi sorpresa se hacía mayor cuando la escuchaba decir que me había extrañado mucho y no veía la hora de volver a verme, me dijo “Te quiero mucho”; no podía hablar, en la próxima semana estaría nuevamente en Rosario con la excusa de visitar a su amiga Raquel que se encontraba enferma, pero en realidad pararía en mi casa. Colgó.
No lo podía creer, viviría junto a mí toda una semana, ya empezaba a planear las salidas y los paseos que daríamos juntos, yo creía que era mejor se quedase al menos unos días en casa de Raquel, el marido la llamaba seguido por teléfono y sería malo que no la encontrase allí, bueno resolveríamos esos problemas los dos. Pensé si otra vez volvería a soñar con la raquítica que me quería matar, porque comencé a soñar con ella desde mis salidas con Martina y cuando ésta se fue no tuve más pesadillas, pero aún me tenía preocupado; mi culpa personificada en la mujer del ojo de vidrio me seguía a todos lados aunque al menos no despertaba sobresaltado y sudado; nunca quise psicoanalizarme pero creo que ha llegado el momento de hacerlo, bueno... no sé.
Ahora solamente quería contárselo a alguien, no podía dejar pasar este momento y disfrutarlo solo, no sé, de pronto tenía ganas de compartir mi felicidad. Fui al «Mercado de Pulgas», más no encontré a mi ex compañero hippie; pensé en mi tía Marta, no era conveniente aún. Entonces le escribí a Isabel, tiré dos hojas al cesto, no encontraba las palabras precisas para contarle, no quería hacerlo, me preocupaba su crítica, su opinión siempre me afectó y tenía miedo que esta vez fuese negativa para mi conveniencia. Mi carta fue muy fría, una sola carilla cuando siempre eran como mínimo tres hojas completas llenas de entusiasmo. Mis sentimientos hacia Isabel habían cambiado, la veía como un obstáculo entre Martina y yo, como si fuese mi esposa, una esposa celosa que me controlaba y con seguridad no podría aceptar una relación extra matrimonial; ahora mi amor estaba dividido en dos, aunque una de ellas me había dado una oportunidad diferente, el contacto físico quiere decir mucho, pero sin duda conocía más a Isabel.
Le escribí, pero no le conté nada.
Recién llegaba del Banco y me disponía a comer algo mirando los dibujitos de la tarde, sonó el teléfono y atendí:
- ¿Hola, Rubén? Soy Martina... ¿Rubén?
No me salía ninguna palabra de la boca, estaba sorprendido, me había dicho varias veces que ya no llamaría y tenía que tratar de olvidar todo lo sucedido. Mi sorpresa se hacía mayor cuando la escuchaba decir que me había extrañado mucho y no veía la hora de volver a verme, me dijo “Te quiero mucho”; no podía hablar, en la próxima semana estaría nuevamente en Rosario con la excusa de visitar a su amiga Raquel que se encontraba enferma, pero en realidad pararía en mi casa. Colgó.
No lo podía creer, viviría junto a mí toda una semana, ya empezaba a planear las salidas y los paseos que daríamos juntos, yo creía que era mejor se quedase al menos unos días en casa de Raquel, el marido la llamaba seguido por teléfono y sería malo que no la encontrase allí, bueno resolveríamos esos problemas los dos. Pensé si otra vez volvería a soñar con la raquítica que me quería matar, porque comencé a soñar con ella desde mis salidas con Martina y cuando ésta se fue no tuve más pesadillas, pero aún me tenía preocupado; mi culpa personificada en la mujer del ojo de vidrio me seguía a todos lados aunque al menos no despertaba sobresaltado y sudado; nunca quise psicoanalizarme pero creo que ha llegado el momento de hacerlo, bueno... no sé.
Ahora solamente quería contárselo a alguien, no podía dejar pasar este momento y disfrutarlo solo, no sé, de pronto tenía ganas de compartir mi felicidad. Fui al «Mercado de Pulgas», más no encontré a mi ex compañero hippie; pensé en mi tía Marta, no era conveniente aún. Entonces le escribí a Isabel, tiré dos hojas al cesto, no encontraba las palabras precisas para contarle, no quería hacerlo, me preocupaba su crítica, su opinión siempre me afectó y tenía miedo que esta vez fuese negativa para mi conveniencia. Mi carta fue muy fría, una sola carilla cuando siempre eran como mínimo tres hojas completas llenas de entusiasmo. Mis sentimientos hacia Isabel habían cambiado, la veía como un obstáculo entre Martina y yo, como si fuese mi esposa, una esposa celosa que me controlaba y con seguridad no podría aceptar una relación extra matrimonial; ahora mi amor estaba dividido en dos, aunque una de ellas me había dado una oportunidad diferente, el contacto físico quiere decir mucho, pero sin duda conocía más a Isabel.
Le escribí, pero no le conté nada.
CAPITULO IX
Por mi cabeza cruzaban pensamientos sobre Martina e Isabel, siempre creí estar enamorado de Isabel pero ahora otra persona se había presentado y supongo que la peor de todas ¿Qué diría mi amiga española de esto?, siempre daba un consejo justo ¿Qué dirían mis padres?, seguramente estarían en desacuerdo; el señor Adolfo Kolh era una persona muy querida en el Banco y aunque no fuese así, era uno de los dueños y los empleados no tendrían otra opción que estar de su lado y yo sería el marginado, y Martina quizás la más perjudicada, la infiel, la adultera, la traidora. No, no debía enterarse nadie, lo más probable sería que yo no consiguiese ningún otro trabajo en un banco de la ciudad, porque mi jefe se encargaría de enterar a todos sus colegas y si no, la «chusma bancaria» lo haría; bueno, sería mi oportunidad de emigrar a España; pero ¿y Martina?. Ella no podría más vivir en su ciudad, es tan pequeña que todos la señalarían con el dedo al otro día de haberse enterado. El único que estaría de acuerdo sería un ex compañero de facultad que había abandonado en el cuarto año al darse cuenta que la economía no era para él, ahora tiene un puesto en el «Mercado de Pulgas» de El Bajo de la ciudad de Rosario; siempre fue medio hippie, él era uno de los pocos amigos que había hecho por aquellas épocas y aún lo seguía viendo, su onda me gusta pero nunca fui capaz de adoptarla como propia ( un gerente de banco no puede tener el pelo largo con pantalones rotos y sandalias, ni fumar marihuana ). Cuando él se enterase se echaría a reír como un loco y me felicitaría, no porque me hubiese acostado con la esposa de mi jefe sino porque me había enamorado, como realmente tendría que ser tomada mi relación.
No sé porque me cuestiono todo esto, ha pasado una semana y no he tenido noticias de ella; como dije, ella trató de olvidar todo y cuando yo la viese me pondría colorado. Hija de puta.
No sé porque me cuestiono todo esto, ha pasado una semana y no he tenido noticias de ella; como dije, ella trató de olvidar todo y cuando yo la viese me pondría colorado. Hija de puta.
CAPITULO VIII
Era lunes, y como todo lunes iba a visitar a mi tía que vivía en el barrio de Arroyito, ella ya era una persona grande que había quedado viuda hacía tiempo, su hijo estaba viviendo en Estados Unidos y volvía una o dos veces al año; mi mamá me pidió que la visitara semanalmente para que no se sienta tan sola (era su hermana mayor), esto no me incomodaba, es mi tía predilecta y estoy muy a gusto con ella, a pesar de la edad puede mantener una conversación coherente e interesante, nos reímos mucho recordando cosas de la familia y cuando yo era chico, la pasamos muy bien, siempre y cuando no recuerde melancólicamente a su marido y a su hijo, pero claro ella dice que ni loca se va a vivir a Estados Unidos, yo la comprendo, cambiar tan crucialmente de raíces, de costumbres y cultura, aprender un idioma para poder comunicarse a la edad de 73 años, significa mucho.
Iba en colectivo, me había tomado la línea E que me dejaba en la cancha de Rosario Central y sólo tenía que caminar dos cuadras para llegar a su casa. Mientras viajaba transitando por calle Santa Fe, cerca de la estación de ómnibus Mariano Moreno, quedé petrificado, inmóvil, no lograba moverme; por una de las ventanillas me pareció ver a la raquítica mujer del ojo de vidrio blanco mirándome con desprecio muy profundo, me clavaba su mirada de rencor, de odio, estaba parada mientras la gente circulaba a su alrededor, tenía su uniforme de azafata color rojo fuego. Cerré y abrí los ojos pensando que era otro sueño, pero no, ella seguía ahí. El colectivo dobló por San Nicolás y la perdí de vista, pero no titubeé y me bajé en la siguiente esquina, corrí hasta Santa Fe y ella ya no estaba.
Esperé el próximo coche y llegué a casa de mi tía Marta, la noté más delgada, más joven, tenía su cabello teñido de negro como en su juventud hacía años; pero estos cambios no me llamaron la atención.
Charlamos mucho de mi infancia cuando yo venía a Rosario y me llevaba al cine, al parque Independencia junto con mi hermana y su hijo. Se hizo de noche y cenamos mirando televisión; al terminar ella fue a la cocina a lavar los platos y yo fui al baño. Al instante escucho gritar a mi tía y seguido a sus gritos un disparo de arma de fuego, los disparos continuaban y sus gritos se hacían cada vez menos audibles, estaba muriendo. Tiré con todas mis fuerzas la puerta del baño para socorrerla, pero la puerta no se abrió; no puede ser (pensé), la puerta no tiene traba en la parte de afuera, seguía haciendo fuerza mientras la llamaba esperando una contestación.
- ¡¡¡Tía Marta!!! ¡¡¡Tía Marta!!!
No contestaba, la habían matado aprovechando el momento en que entré al baño y trabado la puerta; empecé a llorar, me tiré al piso tomándome las piernas como un niño al que le sacan un juguete, lloraba pronunciando su nombre. De pronto siento ruidos en el techo, miro hacia arriba y noto que estaban abriendo la claraboyas del baño, estaba muy oscuro; quizás ahora querían matarme a mi, pero ¿Por qué no habían abierto la puerta. Estaba tan oscuro que no podía ver quien era cuando una persona se asomó por la abertura que había dejando al correr la loza de cemento, de pronto algo brilló en su rostro; bajó más su cabeza y la pude observar bien, brillaba su ojo de vidrio, su frío ojo blanco lleno de odio.
- ¡¡¡Tía Marta!!! ¡¡¡Tía Marta!!! (comencé a gritar nuevamente, esta vez pidiendo ayuda).
La raquítica mujer del ojo de vidrio trepó por la claraboyas y saltó, cayó como un gato, parada, la tenía frente a mi mirándome con odio dispuesta a matarme con su pequeño revólver...
Tenía a mi lado a Martina acostada, tomándome de los hombros. Estaba todo transpirado y llorando.
- ¿Qué pasó? ¿Tuviste una pesadilla mi amor?
Y qué pesadilla, fue tan real que al despertar miré con temor todo a mi alrededor, buscando a la mujer del ojo de vidrio, por suerte la única mujer cerca mío era Martina, que como toda una madre me consolaba, sosteniendo mi cabeza contra su pecho. Suelo darme cuenta cuando estoy soñando, incluso en esta pesadilla intenté despertarme, reaccionar ante el sueño, no pude, fue demasiado real; ya no tenía miedo de lo que había soñado sino de mi sueño.
- Estabas nombrando a una tal Marta mientras dormías. ¿Siempre soñás así? (me preguntó Martina).
- No; comprenderás que acostarme con la mujer de mi jefe me debe tener tensionado y...
- Pero no te preocupes nadie se va a enterar. ¿Tanto miedo le tenés a tu jefe?. Hablando de él, quizás ya haya llamado al Hotel, son las 11:00 del mediodía.
Se fue hasta el living a llamar por teléfono al Hotel, yo seguía pensando en la raquítica de rojo, dos noches seguidas había soñado con ella y dos noches seguidas había pasado junto a Martina, nunca estudié psicología (aunque he leído algo sobre la interpretación de los sueños), a lo mejor esta mujer representaba mi culpa por hacer el amor con la esposa de mi jefe, o era mi propio jefe representado en una mujer fea y rencorosa; que extraño, es la primera vez que me siento culpable, siempre fui tan individualista que nunca creí herir a nadie, y si lo hacia, me tenía sin cuidado. Esto me tranquilizaba, después de todo fue sólo una pesadilla; ya mi corazón volvía a palpitar en forma normal cuando ella entró a la habitación con toda su ropa y cartera en mano.
- Me voy. Adolfo llamó anoche a la 1 de la madrugada, hoy a las 9 y a las 9:15 (dijo sin mirarme a la cara buscando su ropa interior entre las sábanas).
- No sabía que te controlaba tanto.
- No lo hace, debe estar preocupado, lo tuve que haber llamado anoche. Nos encontramos a la una de la tarde, así tenés tiempo de ducharte, me pasas a buscar por el Hotel y vamos a comer a algún lugar donde nos queme el sol, hace muy lindo día, hoy invito yo ¿O.K.?
- Bueno, como te parezca.
Me dio un beso y salió sola del departamento casi corriendo. Seguía acostado en mi cama desnudo con los brazos debajo de mi cabeza y las piernas cruzadas, me sentía como orgulloso, dominando la situación cuando en realidad estaba siendo dominado por ella. Martina tomaba decisiones tratándome como un empleado de su Banco: «Vamos allá» «Pasame a buscar» «Llevame» «Traeme», todas órdenes; me gustaba, me calentaba, toda bronceada (a pesar de estar en el mes de octubre), un cuerpo muy estilizado por la gimnasia con su trasero redondo y parado al igual que sus tetas; incluso con la noche revuelta que tuvimos hace pocas horas, pensaba en ella y se me paraba el pito. Me reí, no sé porque, el hecho de sentirme cómplice con la esposa de un cornudo (esta vez no pensaba en mi jefe, sino en un hombre más), era la reacción de un típico macho, nunca creí llegar a sentirme así, yo, Lastra Rubén un amante, quien diría.
Me duché como ella dijo y estaba tratando de comer algo liviano para luego almorzar; en eso suena el teléfono:
- Hola
- ¿Rubén? Habla Martina. Metí la pata alevosamente (soy una estúpida). Cuando llamó a las 9:00 le dijeron que no había regresado a dormir al Hotel; le dije que me había quedado a dormir de Raquel ¿Te acordás?, mi amiga que anoche inauguró la perfumería. Pero él llamó a casa de Raquel y esta le contestó que me había ido muy temprano. Me hice la confundida diciendo que me había equivocado de nombre de amiga. Se lo creyó, pero creo que notó mi duda. ¡Qué estúpida que soy! ¡Dios mío!.
- Bueno, pero Raquel no le dijo que te fuiste conmigo... (le dije tratando de consolarla a ella y a mi también).
- El sabía que vos me acompañabas al cóctel. Yo me voy, le dije que esta misma tarde estaba en casa. Como algo y me voy...
- ¿No vamos a almorzar juntos?. Yo te quiero ver.
- No, no. Yo me voy a mi casa. Te llamo algún día de estos. Chau, nos vemos.
Y colgó, no me dio oportunidad de decirle nada más, realmente estaba muy nerviosa, asustada; o quizás también esto lo tenía planeado, era una manera de cortarlo todo y nunca más me llamaría. No lo podía soportar, tomé mi cardigan de lana y me fui al Hotel en taxi.
Llegué, me hice anunciar y ella ordenó que me dejasen pasar, subí hasta el quinto piso y ya me estaba esperando en la puerta sonriendo. El cuarto era muy lujoso, todo alfombrado, muebles de cedro colorado, una cama de dos plazas, dos mesitas de luz con veladores en dorado, un placard en una punta y en la otra una pequeña barra de bebidas, un gran ventanal por donde entraba el sol brillante.
- ¿¡Qué haces acá!?. Estás loco (me dijo rodeándome con sus brazos).
- Tenía muchas ganas de verte, y... que sé yo, vine.
- Hiciste bien, yo también tenía muchas ganas de estar con vos.
Sin perder más tiempo nos tiramos a la cama e hicimos el amor; me acariciaba constantemente y yo no dejaba de mirarla, estaba poseído por su belleza; pensé que esta era la primera vez que hacía el amor, las demás habían sido relaciones sexuales, estaba poniendo toda mi persona, toda mi pasión, no quería hacerla gozar sino que se sienta bien; era mía y ni siquiera Adolfo Kolh podría impedir que este momento fuese inolvidable para ambos. Nos duchamos juntos. Y almorzamos en el cuarto, pidió un menú de pescados para dos con vino blanco.
La acompañé a la estación de ómnibus, la despedí y luego, por más que no fuese lunes, fui a visitar a mi tía Marta.
Iba en colectivo, me había tomado la línea E que me dejaba en la cancha de Rosario Central y sólo tenía que caminar dos cuadras para llegar a su casa. Mientras viajaba transitando por calle Santa Fe, cerca de la estación de ómnibus Mariano Moreno, quedé petrificado, inmóvil, no lograba moverme; por una de las ventanillas me pareció ver a la raquítica mujer del ojo de vidrio blanco mirándome con desprecio muy profundo, me clavaba su mirada de rencor, de odio, estaba parada mientras la gente circulaba a su alrededor, tenía su uniforme de azafata color rojo fuego. Cerré y abrí los ojos pensando que era otro sueño, pero no, ella seguía ahí. El colectivo dobló por San Nicolás y la perdí de vista, pero no titubeé y me bajé en la siguiente esquina, corrí hasta Santa Fe y ella ya no estaba.
Esperé el próximo coche y llegué a casa de mi tía Marta, la noté más delgada, más joven, tenía su cabello teñido de negro como en su juventud hacía años; pero estos cambios no me llamaron la atención.
Charlamos mucho de mi infancia cuando yo venía a Rosario y me llevaba al cine, al parque Independencia junto con mi hermana y su hijo. Se hizo de noche y cenamos mirando televisión; al terminar ella fue a la cocina a lavar los platos y yo fui al baño. Al instante escucho gritar a mi tía y seguido a sus gritos un disparo de arma de fuego, los disparos continuaban y sus gritos se hacían cada vez menos audibles, estaba muriendo. Tiré con todas mis fuerzas la puerta del baño para socorrerla, pero la puerta no se abrió; no puede ser (pensé), la puerta no tiene traba en la parte de afuera, seguía haciendo fuerza mientras la llamaba esperando una contestación.
- ¡¡¡Tía Marta!!! ¡¡¡Tía Marta!!!
No contestaba, la habían matado aprovechando el momento en que entré al baño y trabado la puerta; empecé a llorar, me tiré al piso tomándome las piernas como un niño al que le sacan un juguete, lloraba pronunciando su nombre. De pronto siento ruidos en el techo, miro hacia arriba y noto que estaban abriendo la claraboyas del baño, estaba muy oscuro; quizás ahora querían matarme a mi, pero ¿Por qué no habían abierto la puerta. Estaba tan oscuro que no podía ver quien era cuando una persona se asomó por la abertura que había dejando al correr la loza de cemento, de pronto algo brilló en su rostro; bajó más su cabeza y la pude observar bien, brillaba su ojo de vidrio, su frío ojo blanco lleno de odio.
- ¡¡¡Tía Marta!!! ¡¡¡Tía Marta!!! (comencé a gritar nuevamente, esta vez pidiendo ayuda).
La raquítica mujer del ojo de vidrio trepó por la claraboyas y saltó, cayó como un gato, parada, la tenía frente a mi mirándome con odio dispuesta a matarme con su pequeño revólver...
Tenía a mi lado a Martina acostada, tomándome de los hombros. Estaba todo transpirado y llorando.
- ¿Qué pasó? ¿Tuviste una pesadilla mi amor?
Y qué pesadilla, fue tan real que al despertar miré con temor todo a mi alrededor, buscando a la mujer del ojo de vidrio, por suerte la única mujer cerca mío era Martina, que como toda una madre me consolaba, sosteniendo mi cabeza contra su pecho. Suelo darme cuenta cuando estoy soñando, incluso en esta pesadilla intenté despertarme, reaccionar ante el sueño, no pude, fue demasiado real; ya no tenía miedo de lo que había soñado sino de mi sueño.
- Estabas nombrando a una tal Marta mientras dormías. ¿Siempre soñás así? (me preguntó Martina).
- No; comprenderás que acostarme con la mujer de mi jefe me debe tener tensionado y...
- Pero no te preocupes nadie se va a enterar. ¿Tanto miedo le tenés a tu jefe?. Hablando de él, quizás ya haya llamado al Hotel, son las 11:00 del mediodía.
Se fue hasta el living a llamar por teléfono al Hotel, yo seguía pensando en la raquítica de rojo, dos noches seguidas había soñado con ella y dos noches seguidas había pasado junto a Martina, nunca estudié psicología (aunque he leído algo sobre la interpretación de los sueños), a lo mejor esta mujer representaba mi culpa por hacer el amor con la esposa de mi jefe, o era mi propio jefe representado en una mujer fea y rencorosa; que extraño, es la primera vez que me siento culpable, siempre fui tan individualista que nunca creí herir a nadie, y si lo hacia, me tenía sin cuidado. Esto me tranquilizaba, después de todo fue sólo una pesadilla; ya mi corazón volvía a palpitar en forma normal cuando ella entró a la habitación con toda su ropa y cartera en mano.
- Me voy. Adolfo llamó anoche a la 1 de la madrugada, hoy a las 9 y a las 9:15 (dijo sin mirarme a la cara buscando su ropa interior entre las sábanas).
- No sabía que te controlaba tanto.
- No lo hace, debe estar preocupado, lo tuve que haber llamado anoche. Nos encontramos a la una de la tarde, así tenés tiempo de ducharte, me pasas a buscar por el Hotel y vamos a comer a algún lugar donde nos queme el sol, hace muy lindo día, hoy invito yo ¿O.K.?
- Bueno, como te parezca.
Me dio un beso y salió sola del departamento casi corriendo. Seguía acostado en mi cama desnudo con los brazos debajo de mi cabeza y las piernas cruzadas, me sentía como orgulloso, dominando la situación cuando en realidad estaba siendo dominado por ella. Martina tomaba decisiones tratándome como un empleado de su Banco: «Vamos allá» «Pasame a buscar» «Llevame» «Traeme», todas órdenes; me gustaba, me calentaba, toda bronceada (a pesar de estar en el mes de octubre), un cuerpo muy estilizado por la gimnasia con su trasero redondo y parado al igual que sus tetas; incluso con la noche revuelta que tuvimos hace pocas horas, pensaba en ella y se me paraba el pito. Me reí, no sé porque, el hecho de sentirme cómplice con la esposa de un cornudo (esta vez no pensaba en mi jefe, sino en un hombre más), era la reacción de un típico macho, nunca creí llegar a sentirme así, yo, Lastra Rubén un amante, quien diría.
Me duché como ella dijo y estaba tratando de comer algo liviano para luego almorzar; en eso suena el teléfono:
- Hola
- ¿Rubén? Habla Martina. Metí la pata alevosamente (soy una estúpida). Cuando llamó a las 9:00 le dijeron que no había regresado a dormir al Hotel; le dije que me había quedado a dormir de Raquel ¿Te acordás?, mi amiga que anoche inauguró la perfumería. Pero él llamó a casa de Raquel y esta le contestó que me había ido muy temprano. Me hice la confundida diciendo que me había equivocado de nombre de amiga. Se lo creyó, pero creo que notó mi duda. ¡Qué estúpida que soy! ¡Dios mío!.
- Bueno, pero Raquel no le dijo que te fuiste conmigo... (le dije tratando de consolarla a ella y a mi también).
- El sabía que vos me acompañabas al cóctel. Yo me voy, le dije que esta misma tarde estaba en casa. Como algo y me voy...
- ¿No vamos a almorzar juntos?. Yo te quiero ver.
- No, no. Yo me voy a mi casa. Te llamo algún día de estos. Chau, nos vemos.
Y colgó, no me dio oportunidad de decirle nada más, realmente estaba muy nerviosa, asustada; o quizás también esto lo tenía planeado, era una manera de cortarlo todo y nunca más me llamaría. No lo podía soportar, tomé mi cardigan de lana y me fui al Hotel en taxi.
Llegué, me hice anunciar y ella ordenó que me dejasen pasar, subí hasta el quinto piso y ya me estaba esperando en la puerta sonriendo. El cuarto era muy lujoso, todo alfombrado, muebles de cedro colorado, una cama de dos plazas, dos mesitas de luz con veladores en dorado, un placard en una punta y en la otra una pequeña barra de bebidas, un gran ventanal por donde entraba el sol brillante.
- ¿¡Qué haces acá!?. Estás loco (me dijo rodeándome con sus brazos).
- Tenía muchas ganas de verte, y... que sé yo, vine.
- Hiciste bien, yo también tenía muchas ganas de estar con vos.
Sin perder más tiempo nos tiramos a la cama e hicimos el amor; me acariciaba constantemente y yo no dejaba de mirarla, estaba poseído por su belleza; pensé que esta era la primera vez que hacía el amor, las demás habían sido relaciones sexuales, estaba poniendo toda mi persona, toda mi pasión, no quería hacerla gozar sino que se sienta bien; era mía y ni siquiera Adolfo Kolh podría impedir que este momento fuese inolvidable para ambos. Nos duchamos juntos. Y almorzamos en el cuarto, pidió un menú de pescados para dos con vino blanco.
La acompañé a la estación de ómnibus, la despedí y luego, por más que no fuese lunes, fui a visitar a mi tía Marta.
CAPITULO VII
Llegué a casa y me encontré con una carta de Isabel (hacia más de dos meses que no recibía correspondencia de ella), la abrí muy ansioso, pero al leerla me di cuenta que no estaba muy interesado, no me contaba mucho más de lo normal en nuestras cartas; se encontraba muy bien y recordaba que en unos meses era mi cumpleaños y no esperaría mi respuesta para darme una sorpresa, siempre mandaba encomienda con algún regalo para mi cumpleaños así que no me sorprendería mucho. Pobre Isabel, estaba tan compenetrado con Martina que sus palabras ya no me emocionaban; quizás algún día tendría que llegar el momento de dejarnos de escribir, pero ¿por qué tendría que ser la señora Kolh la causa?, después de todo solamente había estado con ella una sola noche y probablemente sería la única, después ella olvidaría lo sucedido y yo me pondría colorado cada vez que la volviese a ver.
Me llevé algo para comer a la cama; todo salado, como queso, fiambre y galletitas de agua; nunca me gustó mucho lo dulce, pero cada vez era menos, es muy poco probable que en mi heladera encuentre algo dulce; y mirando televisión quedé dormido; a esa hora, tipo 18, pasan dibujitos animados que me entretienen mucho pero estaba muy cansado, tanto que no recuerdo que soñé (y es muy común en mí recordar todos los sueños), pero seguro debo haber soñado con Martina porque estaba muy excitado, hacía tiempo que no despertaba así y para guardar energías para esta noche preferí tomarme una ducha bien fría, aunque dio resultado recién después de un buen rato de dejar correr el agua helada.
Ya eran las 20 horas cuando salí del baño, me puse el traje gris que tanto me gusta y por ningún motivo traté de dejar pasar el tiempo para que se hagan las 21.
Baje de mi departamento tan ansioso que creo haber estado sonriendo; tomé un taxi y le di la dirección del hotel donde estaba parando Martina (ahora era Martina y no la Sra. Kolh), al llegar le pedí al conductor que esperara unos minutos y me hice anunciar en la recepción, el botones confirmó el nombre en una pantalla de P.C. y luego marcó un número en el conmutador telefónico, al rato las puertas del ascensor se abrieron y surgió magistralmente ella. Lucía un vestido largo hasta los pies en color crema brillante sostenido por unos finos breteles que dejaban ver el comienzo de sus pechos bien formados y rígidos, de su brazo colgaba una cartera dorada y un spencer también en color crema pero opaco; su largo cuello hacia notar una gargantilla bastante gruesa que combinaba con una muñequera y aros con los mismos eslabones. Era la mujer que todos hubiesen querido tener a su lado por toda la vida, muchas miradas la observaban mientras sonriente se dirigía hacia mí; cuando la tuve a mi lado ni siquiera la salude con un beso.
- Hola... ( me dijo, pero al ver que yo no reaccionaba como un caballero me tomó del brazo y me empujó hacia ella para besarme en la mejilla). ¿Vamos?
- ¡Si!... Si, si, hay un coche esperándonos.
Coloqué el spencer en sus hombros y no me animé a abrazarla, solo caminé a su lado, salimos del hotel y entonces mi siguiente acto caballeresco fue abrirle la puerta del taxi y esperar a que subiese. Una vez arriba le pregunté:
- ¿Dónde es que queda la fiesta?
- ¿¡La fiesta!? No, es un cóctel. Aquí a la vuelta, Corrientes y Córdoba.
- ¡Ah¡ ¡Aquí a la vuelta! ¿Querés que vayamos caminando? (dije como un estúpido).
- No, por favor (protestó irónicamente como burlándose de mi).
- Bien. Corrientes y Córdoba (le dije al taxista).
En el trayecto no pronunciamos una sola palabra, cada vez que me miraba con ojos cómplices yo cerraba los míos o me daba vuelta esquivándola, parecía un pendejo de 18 años en su primera vez acosado por una prostituta, así me sentía. Al llegar bajé primero y le abrí la puerta, le pagué al taxista y una vez que arrancó la tuve otra vez frente a mí, ella me tomó del brazo y nos dirigimos a la lujosa galería donde su amiga había instalado su nuevo local, era una perfumería con estantes de cristal y barras en dorado. El lugar estaba apestado de gente con una sonrisa pintada constantemente en su cara, todos bronceados mostrándose en la propia vidriera del negocio; en la entrada nos recibió un señor de riguroso smoking preguntándonos el nombre, al confirmarlo pudimos ingresar; en seguida se nos acercó una mujer maquillada hasta el tope casi como un payaso, en un vestido de lentejuelas rojas sobre fondo negro con mangas de volados de tul que tapaban casi por completo su cara, ella nos dijo:
- ¡¡Martina!! Que puntual has llegado. Martina y...
- Lastra, Lastra Rubén (siempre decía lo mismo cuando me presentaba: «Lastra, Lastra Rubén»).
- Rubén es el gerente de la sucursal de Rosario del Banco de mi marido, que te dije que iba a invitar (dijo orgullosa Martina).
- ¿Qué tal? Encantada, soy Raquel. Bueno pasen y tomen y coman todo lo que quieran, y... ya les presento algunos amigos para que estén a gusto.
- ¡Ay! No, por favor así estamos bien, nosotros solos nos presentamos, no te preocupes Raquel.
No había terminado de alejarse Raquel cuando veo a un cliente del Banco que me miraba saludándome, al instante me puse colorado, tanto que Martina lo notó.
- ¿Qué pasa? Parece que hubieses visto a mi marido (bromeó).
- No, es un cliente del Banco.
- Bueno y que te preocupa no nos estamos besando ni revolcándonos en el piso como dos perros calientes, es un estúpido cóctel donde no queda bien que una mujer casada venga sola; aparte mi marido sabe que estoy con vos.
- ¡¡Le dijiste!!
- Y por supuesto, sería más sospechoso si no lo hacía. Vamos presentame a ese tipo y tratá de que se te vaya lo rojo de tu cara, mi amor (y sonrió nuevamente).
Tenía razón, pero no podía dejar de comportarme como un estúpido, seguía teniendo imágenes repentinas de Martina tendida en la cama desnuda. Siempre me sentía incómodo en este tipo de fiestas donde como gerente de un banco solían invitarme seguido, pero ahora sobrepasaba mis límites.
- Buenas noches ¿Cómo le va? (lo saludé a este hombre)
- Muy bien ¿Y usted? Supongo que ha dejado de controlar mis cuentas por esta noche.
- Pero he dejado a alguien encargado, no se preocupe. Le presento a la Sra. Martina Kolh; ella es esposa de unos de los socios del Banco. Martina, el Sr. es Alfredo Ordoñes, cliente del Banco y dueño de varias canchas de paddle distribuidas por la ciudad.
- Mucho gusto.
- El gusto es mío. ¿El Sr. Kolh ha quedado controlando mis cuentas? (dijo muy grotescamente y riéndose el estúpido de Alfredo Ordoñez, que había olvidado le gustaban mucho las bromas con doble sentido).
Charlamos muy poco con este señor, a Martina me pareció que no le cayó muy bien por más que haya compartido su primer chiste. A las 23:30 nos fuimos después de despedirnos de Raquel. Caminamos por la peatonal Córdoba, yo con las manos en los bolsillos de mi pantalón y ella cruzada de brazos hasta Laprida, donde tomamos un taxi hasta mi departamento, no fue necesario que le preguntase si quería venir, casi por instinto nombré mi domicilio al conductor y ella no dijo nada; hablamos sobre la ciudad de Rosario y todo lo movida que era un día viernes a la noche cuando en nuestros respectivos pueblos sólo se paseaba por la avenida principal; cuando llegamos ella sola bajó del taxi mientras yo le pagaba y esperó en el hall de entrada.
Ya dentro, ella buscó el equipo de música y lo encendió, nos sentamos en el sofá grande uno muy cerca del otro mientras escuchábamos la radio.
- ¿No me invitas con nada para tomar? (me preguntó inocentemente).
- ¡Uy! Perdón, sí; pero no tengo mucho para ofrecerte, una lata de «Coca-Cola», de cerveza, o un vaso de «Gancia» bien frío.
- Bueno, yo quiero «Gancia» con mucho hielo y limón, ¿Tenés limón?
- Creo que sí, yo me voy a tomar una Coca. Como comprenderás esta es una humilde casa de soltero.
- No tan humilde ¿o a caso el Sr. Kolh no te paga muy bien ?
- No, yo no me quejo. Pero debes estar acostumbrada a otra cosa.
- Está bien, no importa. Traeme el «Gancia».
Cuando volví con los tragos me senté en el apoya brazos del sillón junto a ella, ahora estaba más canchero, estaba en mi campo de acción. Ella me miró.
- Desde que te vi por primera vez me pregunté como serías en la cama. Estoy acostumbrada a ser la presa, a que los hombres me avancen; y vos siempre me miraste como la esposa del patroncito, con respeto, nunca dejaste tu timidez de lado. Cuando supe que mi marido tenía que viajar a Rosario para terminar unos trámites con vos, le propuse venir yo y aprovechar la oportunidad de sacarme la duda.
«Tampoco te creas que ando acostándome con todo tipo que me parezca misterioso y se me cruce por delante. Una única vez le metí los cuernos a Adolfo, en Río de Janeiro cuando fui de vacaciones con unas amigas, pero estaba medio borracha y fue para divertirme.
- ¿Y yo no soy una diversión, soy una duda?
- Bueno, la diversión fue una sola noche y la duda ya me la saqué y es la segunda noche que voy a pasar junto a vos. Mañana me quiero recluir en tu habitación para después volver al regazo de mi esposo y tratar de olvidar, no, de olvidar no, por lo menos de no pensar. Creo que los dos perderíamos mucho, soy muy ambiciosa y el viejo me da mucho.
« Y vos perderías el trabajo, que no es poco. El te tiene en un pedestal como su hijo predilecto y le haría muy mal enterarse de esto; yo lo quiero a Adolfo más allá de lo que todos digan. Sabés que vengo de una familia de muy buena posición económica y no tenía necesidad de casarme con él para salir a flote...
- Veo que tenés todo planeado.
- Por lo menos es lo que me parece mejor.
- Rubén Lastra era solo una duda (dije irónicamente).
- Una duda muy grande.
Me besó y nos fuimos a la cama.
Me llevé algo para comer a la cama; todo salado, como queso, fiambre y galletitas de agua; nunca me gustó mucho lo dulce, pero cada vez era menos, es muy poco probable que en mi heladera encuentre algo dulce; y mirando televisión quedé dormido; a esa hora, tipo 18, pasan dibujitos animados que me entretienen mucho pero estaba muy cansado, tanto que no recuerdo que soñé (y es muy común en mí recordar todos los sueños), pero seguro debo haber soñado con Martina porque estaba muy excitado, hacía tiempo que no despertaba así y para guardar energías para esta noche preferí tomarme una ducha bien fría, aunque dio resultado recién después de un buen rato de dejar correr el agua helada.
Ya eran las 20 horas cuando salí del baño, me puse el traje gris que tanto me gusta y por ningún motivo traté de dejar pasar el tiempo para que se hagan las 21.
Baje de mi departamento tan ansioso que creo haber estado sonriendo; tomé un taxi y le di la dirección del hotel donde estaba parando Martina (ahora era Martina y no la Sra. Kolh), al llegar le pedí al conductor que esperara unos minutos y me hice anunciar en la recepción, el botones confirmó el nombre en una pantalla de P.C. y luego marcó un número en el conmutador telefónico, al rato las puertas del ascensor se abrieron y surgió magistralmente ella. Lucía un vestido largo hasta los pies en color crema brillante sostenido por unos finos breteles que dejaban ver el comienzo de sus pechos bien formados y rígidos, de su brazo colgaba una cartera dorada y un spencer también en color crema pero opaco; su largo cuello hacia notar una gargantilla bastante gruesa que combinaba con una muñequera y aros con los mismos eslabones. Era la mujer que todos hubiesen querido tener a su lado por toda la vida, muchas miradas la observaban mientras sonriente se dirigía hacia mí; cuando la tuve a mi lado ni siquiera la salude con un beso.
- Hola... ( me dijo, pero al ver que yo no reaccionaba como un caballero me tomó del brazo y me empujó hacia ella para besarme en la mejilla). ¿Vamos?
- ¡Si!... Si, si, hay un coche esperándonos.
Coloqué el spencer en sus hombros y no me animé a abrazarla, solo caminé a su lado, salimos del hotel y entonces mi siguiente acto caballeresco fue abrirle la puerta del taxi y esperar a que subiese. Una vez arriba le pregunté:
- ¿Dónde es que queda la fiesta?
- ¿¡La fiesta!? No, es un cóctel. Aquí a la vuelta, Corrientes y Córdoba.
- ¡Ah¡ ¡Aquí a la vuelta! ¿Querés que vayamos caminando? (dije como un estúpido).
- No, por favor (protestó irónicamente como burlándose de mi).
- Bien. Corrientes y Córdoba (le dije al taxista).
En el trayecto no pronunciamos una sola palabra, cada vez que me miraba con ojos cómplices yo cerraba los míos o me daba vuelta esquivándola, parecía un pendejo de 18 años en su primera vez acosado por una prostituta, así me sentía. Al llegar bajé primero y le abrí la puerta, le pagué al taxista y una vez que arrancó la tuve otra vez frente a mí, ella me tomó del brazo y nos dirigimos a la lujosa galería donde su amiga había instalado su nuevo local, era una perfumería con estantes de cristal y barras en dorado. El lugar estaba apestado de gente con una sonrisa pintada constantemente en su cara, todos bronceados mostrándose en la propia vidriera del negocio; en la entrada nos recibió un señor de riguroso smoking preguntándonos el nombre, al confirmarlo pudimos ingresar; en seguida se nos acercó una mujer maquillada hasta el tope casi como un payaso, en un vestido de lentejuelas rojas sobre fondo negro con mangas de volados de tul que tapaban casi por completo su cara, ella nos dijo:
- ¡¡Martina!! Que puntual has llegado. Martina y...
- Lastra, Lastra Rubén (siempre decía lo mismo cuando me presentaba: «Lastra, Lastra Rubén»).
- Rubén es el gerente de la sucursal de Rosario del Banco de mi marido, que te dije que iba a invitar (dijo orgullosa Martina).
- ¿Qué tal? Encantada, soy Raquel. Bueno pasen y tomen y coman todo lo que quieran, y... ya les presento algunos amigos para que estén a gusto.
- ¡Ay! No, por favor así estamos bien, nosotros solos nos presentamos, no te preocupes Raquel.
No había terminado de alejarse Raquel cuando veo a un cliente del Banco que me miraba saludándome, al instante me puse colorado, tanto que Martina lo notó.
- ¿Qué pasa? Parece que hubieses visto a mi marido (bromeó).
- No, es un cliente del Banco.
- Bueno y que te preocupa no nos estamos besando ni revolcándonos en el piso como dos perros calientes, es un estúpido cóctel donde no queda bien que una mujer casada venga sola; aparte mi marido sabe que estoy con vos.
- ¡¡Le dijiste!!
- Y por supuesto, sería más sospechoso si no lo hacía. Vamos presentame a ese tipo y tratá de que se te vaya lo rojo de tu cara, mi amor (y sonrió nuevamente).
Tenía razón, pero no podía dejar de comportarme como un estúpido, seguía teniendo imágenes repentinas de Martina tendida en la cama desnuda. Siempre me sentía incómodo en este tipo de fiestas donde como gerente de un banco solían invitarme seguido, pero ahora sobrepasaba mis límites.
- Buenas noches ¿Cómo le va? (lo saludé a este hombre)
- Muy bien ¿Y usted? Supongo que ha dejado de controlar mis cuentas por esta noche.
- Pero he dejado a alguien encargado, no se preocupe. Le presento a la Sra. Martina Kolh; ella es esposa de unos de los socios del Banco. Martina, el Sr. es Alfredo Ordoñes, cliente del Banco y dueño de varias canchas de paddle distribuidas por la ciudad.
- Mucho gusto.
- El gusto es mío. ¿El Sr. Kolh ha quedado controlando mis cuentas? (dijo muy grotescamente y riéndose el estúpido de Alfredo Ordoñez, que había olvidado le gustaban mucho las bromas con doble sentido).
Charlamos muy poco con este señor, a Martina me pareció que no le cayó muy bien por más que haya compartido su primer chiste. A las 23:30 nos fuimos después de despedirnos de Raquel. Caminamos por la peatonal Córdoba, yo con las manos en los bolsillos de mi pantalón y ella cruzada de brazos hasta Laprida, donde tomamos un taxi hasta mi departamento, no fue necesario que le preguntase si quería venir, casi por instinto nombré mi domicilio al conductor y ella no dijo nada; hablamos sobre la ciudad de Rosario y todo lo movida que era un día viernes a la noche cuando en nuestros respectivos pueblos sólo se paseaba por la avenida principal; cuando llegamos ella sola bajó del taxi mientras yo le pagaba y esperó en el hall de entrada.
Ya dentro, ella buscó el equipo de música y lo encendió, nos sentamos en el sofá grande uno muy cerca del otro mientras escuchábamos la radio.
- ¿No me invitas con nada para tomar? (me preguntó inocentemente).
- ¡Uy! Perdón, sí; pero no tengo mucho para ofrecerte, una lata de «Coca-Cola», de cerveza, o un vaso de «Gancia» bien frío.
- Bueno, yo quiero «Gancia» con mucho hielo y limón, ¿Tenés limón?
- Creo que sí, yo me voy a tomar una Coca. Como comprenderás esta es una humilde casa de soltero.
- No tan humilde ¿o a caso el Sr. Kolh no te paga muy bien ?
- No, yo no me quejo. Pero debes estar acostumbrada a otra cosa.
- Está bien, no importa. Traeme el «Gancia».
Cuando volví con los tragos me senté en el apoya brazos del sillón junto a ella, ahora estaba más canchero, estaba en mi campo de acción. Ella me miró.
- Desde que te vi por primera vez me pregunté como serías en la cama. Estoy acostumbrada a ser la presa, a que los hombres me avancen; y vos siempre me miraste como la esposa del patroncito, con respeto, nunca dejaste tu timidez de lado. Cuando supe que mi marido tenía que viajar a Rosario para terminar unos trámites con vos, le propuse venir yo y aprovechar la oportunidad de sacarme la duda.
«Tampoco te creas que ando acostándome con todo tipo que me parezca misterioso y se me cruce por delante. Una única vez le metí los cuernos a Adolfo, en Río de Janeiro cuando fui de vacaciones con unas amigas, pero estaba medio borracha y fue para divertirme.
- ¿Y yo no soy una diversión, soy una duda?
- Bueno, la diversión fue una sola noche y la duda ya me la saqué y es la segunda noche que voy a pasar junto a vos. Mañana me quiero recluir en tu habitación para después volver al regazo de mi esposo y tratar de olvidar, no, de olvidar no, por lo menos de no pensar. Creo que los dos perderíamos mucho, soy muy ambiciosa y el viejo me da mucho.
« Y vos perderías el trabajo, que no es poco. El te tiene en un pedestal como su hijo predilecto y le haría muy mal enterarse de esto; yo lo quiero a Adolfo más allá de lo que todos digan. Sabés que vengo de una familia de muy buena posición económica y no tenía necesidad de casarme con él para salir a flote...
- Veo que tenés todo planeado.
- Por lo menos es lo que me parece mejor.
- Rubén Lastra era solo una duda (dije irónicamente).
- Una duda muy grande.
Me besó y nos fuimos a la cama.
CAPITULO VI
Como no pude conciliar el sueño nuevamente me duché mientras pensaba en lo que había hecho ayer, había cogido con la mujer de mi jefe, del dueño de mi trabajo, que terrible error había cometido, esto no pudo ser más que una trampa. Me agarraba la cara como estrujándola, arrepentido de lo que había hecho, quería borrar toda la noche anterior, quizás había sido un sueño como la mujer del ojo de vidrio y hoy al volver al Banco me saludaría como siempre y no tendría que dar explicaciones a nadie; pero no, había sido muy real y muy bueno.
Bajé al kiosco de la esquina a comprar el diario «La Capital» y «Ambito Financiero», aunque sé que en la oficina los compran pero quería leerlos tranquilo en casa. Me preparé un buen desayuno con cereal, café, leche, tostadas, manteca y mermelada; por lo general únicamente desayunaba con una taza de café con leche, pero como estaba con tiempo aproveché y no pensaba tanto en Martina, perdón en la señora Martina Kolh. Era imposible, su cara volvía a mí como imágenes de película, como un flash que me hacia cerrar los ojos para borrarla de mi mente; así que tomé mi portafolios y con sólo comer una tostada me fui al Banco.
Iba a tomarme un taxi cuando recordé a la mujer del ojo de vidrio y preferí tomarme un colectivo. Me bajé en la peatonal San Martín y caminé lentamente observando todo, eran las 6 y 30 de la mañana y ya había movimiento de gente; que extraño, pensé que todo comenzaba mucho más tarde.
Golpee la puerta de cristal y el guardia me miró sorprendido, claro mi hora de llegada normal era a las 9.
- ¡Señor! ¿Se cayó de la cama? (Me dijo muy acertado el guardia, que ahora no recuerdo su nombre).
- Si, más o menos.
- ¿Quiere que le prepare un café? Le digo a Eva que está limpiando. ¿Eh?
- No, no. Gracias, yo me lo preparo.
En la cocina estaba Eva limpiando que me saludó con un «Buenos días, Señor»; que incómodo que me sentía cuando me llamaban de «Señor»; pero bueno, la sociedad lo exige.
Entré a mi oficina y traté de distraerme haciendo algún trabajo atrasado, pero el único trabajo atrasado que tenía era el que había venido a firmar Martina, ¡otra vez Martina!, tenía que llamarla Sra. Kolh... pero ¿por qué?, porque la sociedad lo exige, sin duda yo estaba muy exigido por la sociedad y claro, soy gerente de un banco.
El primero en llegar a las 7 en punto fue el tesorero, hacía 11 años que trabajaba en el Banco y 6 que era tesorero, yo en tan poco tiempo ya era gerente de sucursal y ganaba más que el doble de él, sentía que me odiaba; no notó que estaba, o no quiso notarlo, que sé yo, no me importa. Así fueron llegando uno a uno, a las 7 y 30 estaba todo el personal cubierto, dos horas más tarde hizo su entrada triunfal la esposa del dueño; no saludó a nadie, dirigió la mirada hacia mi oficina y esbozó una sonrisa y entró pidiendo permiso.
- ¿Está todo correcto? ( me preguntó )
Yo la miré, ¿sobre que me estaba preguntando?, ¿quería saber si la había pasado bien anoche?
- ¿Perdón? (pregunté como para no decir otra cosa).
- El trabajo para mi marido, el que envió para que firmara.
- ¡Ah! Si, si claro ya se lo puede llevar.
- Todavía no, me quedo todo el fin de semana. Anoche no me trataste de usted (quedé congelado, me seguía provocando, por suerte entró mi secretaria y ella se retiró diciendo que tenía que llamar a su esposo).
Mi situación era terrible, no podía disimular nuestro contacto, no podía definir a Martina o a la Sra. Kolh; a la mujer que había satisfecho mis instintos sexuales o a la mujer de mi jefe. No me daba respiro y volvió a entrar.
- ¿Rubén usted no me haría un favor?
- Si por supuesto Sra. Kolh. ¿Qué necesita? (mi conciencia no me traicionó y pude llamarla como a la mujer de mi jefe).
- Primero que no me llame más señora, y después que esta noche me acompañe a un cóctel que dará una amiga mía por la inauguración de su nuevo local (me estaba proponiendo salir juntos en público, no lo podía creer y tampoco no sabía que decir. Mi mente no racionalizaba muy bien y en todo veía un doble sentido).
- Bueno... no sé, porque...
- Señor, no se puede negar a la esposa de su patrón (dijo muy inoportuna Mabel mi secretaria que aún se encontraba en la oficina).
- Si por favor, me voy a sentir muy desubicada, no conozco a nadie, todos me van a señalar como a la chica del campo que vino a visitar a su amiga de la ciudad, además hoy es viernes, ¿aceptás?
- Está bien, me convenció (que más podía decir, después de todo tenía ganas de ir y en lo posible hacerle el amor toda la noche).
No pasó nada más importante durante el día, bueno, nada relacionado con Martina; dejó temprano la sucursal diciendo que la pasase a buscar por el hotel a las 21 horas, ella tenía que almorzar con una familia amiga.
Bajé al kiosco de la esquina a comprar el diario «La Capital» y «Ambito Financiero», aunque sé que en la oficina los compran pero quería leerlos tranquilo en casa. Me preparé un buen desayuno con cereal, café, leche, tostadas, manteca y mermelada; por lo general únicamente desayunaba con una taza de café con leche, pero como estaba con tiempo aproveché y no pensaba tanto en Martina, perdón en la señora Martina Kolh. Era imposible, su cara volvía a mí como imágenes de película, como un flash que me hacia cerrar los ojos para borrarla de mi mente; así que tomé mi portafolios y con sólo comer una tostada me fui al Banco.
Iba a tomarme un taxi cuando recordé a la mujer del ojo de vidrio y preferí tomarme un colectivo. Me bajé en la peatonal San Martín y caminé lentamente observando todo, eran las 6 y 30 de la mañana y ya había movimiento de gente; que extraño, pensé que todo comenzaba mucho más tarde.
Golpee la puerta de cristal y el guardia me miró sorprendido, claro mi hora de llegada normal era a las 9.
- ¡Señor! ¿Se cayó de la cama? (Me dijo muy acertado el guardia, que ahora no recuerdo su nombre).
- Si, más o menos.
- ¿Quiere que le prepare un café? Le digo a Eva que está limpiando. ¿Eh?
- No, no. Gracias, yo me lo preparo.
En la cocina estaba Eva limpiando que me saludó con un «Buenos días, Señor»; que incómodo que me sentía cuando me llamaban de «Señor»; pero bueno, la sociedad lo exige.
Entré a mi oficina y traté de distraerme haciendo algún trabajo atrasado, pero el único trabajo atrasado que tenía era el que había venido a firmar Martina, ¡otra vez Martina!, tenía que llamarla Sra. Kolh... pero ¿por qué?, porque la sociedad lo exige, sin duda yo estaba muy exigido por la sociedad y claro, soy gerente de un banco.
El primero en llegar a las 7 en punto fue el tesorero, hacía 11 años que trabajaba en el Banco y 6 que era tesorero, yo en tan poco tiempo ya era gerente de sucursal y ganaba más que el doble de él, sentía que me odiaba; no notó que estaba, o no quiso notarlo, que sé yo, no me importa. Así fueron llegando uno a uno, a las 7 y 30 estaba todo el personal cubierto, dos horas más tarde hizo su entrada triunfal la esposa del dueño; no saludó a nadie, dirigió la mirada hacia mi oficina y esbozó una sonrisa y entró pidiendo permiso.
- ¿Está todo correcto? ( me preguntó )
Yo la miré, ¿sobre que me estaba preguntando?, ¿quería saber si la había pasado bien anoche?
- ¿Perdón? (pregunté como para no decir otra cosa).
- El trabajo para mi marido, el que envió para que firmara.
- ¡Ah! Si, si claro ya se lo puede llevar.
- Todavía no, me quedo todo el fin de semana. Anoche no me trataste de usted (quedé congelado, me seguía provocando, por suerte entró mi secretaria y ella se retiró diciendo que tenía que llamar a su esposo).
Mi situación era terrible, no podía disimular nuestro contacto, no podía definir a Martina o a la Sra. Kolh; a la mujer que había satisfecho mis instintos sexuales o a la mujer de mi jefe. No me daba respiro y volvió a entrar.
- ¿Rubén usted no me haría un favor?
- Si por supuesto Sra. Kolh. ¿Qué necesita? (mi conciencia no me traicionó y pude llamarla como a la mujer de mi jefe).
- Primero que no me llame más señora, y después que esta noche me acompañe a un cóctel que dará una amiga mía por la inauguración de su nuevo local (me estaba proponiendo salir juntos en público, no lo podía creer y tampoco no sabía que decir. Mi mente no racionalizaba muy bien y en todo veía un doble sentido).
- Bueno... no sé, porque...
- Señor, no se puede negar a la esposa de su patrón (dijo muy inoportuna Mabel mi secretaria que aún se encontraba en la oficina).
- Si por favor, me voy a sentir muy desubicada, no conozco a nadie, todos me van a señalar como a la chica del campo que vino a visitar a su amiga de la ciudad, además hoy es viernes, ¿aceptás?
- Está bien, me convenció (que más podía decir, después de todo tenía ganas de ir y en lo posible hacerle el amor toda la noche).
No pasó nada más importante durante el día, bueno, nada relacionado con Martina; dejó temprano la sucursal diciendo que la pasase a buscar por el hotel a las 21 horas, ella tenía que almorzar con una familia amiga.
CAPITULO V
Viajaba en taxi yendo al Banco, íbamos por la Bajada Sargento Cabral llegando a la avenida Belgrano (donde está la fuente), no sabía por qué el conductor había tomado por ahí, quizás algún desvío, no sé; íbamos muy despacio, no tenía apuro.
Por la derecha aparece un automóvil a alta velocidad tocándonos bocina, era de color rojo; el taxista se puso muy nervioso, lo agarró de sorpresa; quiso volantear, pero su maniobra fue en vano, el auto fue a parar en medio de la fuente. Yo me golpeé la cabeza contra la ventana, estaba medio mareado y lo primero que atiné fue a querer bajar del coche. No había bajado todavía cuando miro hacia el otro conductor atolondrado que era el causante de este accidente; mi sorpresa fue grande al ver que el conductor era una mujer.
Una mujer de tez morena, de pelo lacio y largo sólo hasta la nuca, muy delgada (casi raquítica), vestía una pollera roja arriba de las rodillas haciendo juego con un saco también rojo; esta es su descripción, no muy fuera de lo común a no ser por uno de sus ojos que era de vidrio, totalmente blanco. Su media mirada me impresionó, me miraba fijamente como culpándome de algo, me miraba con bronca, con rabia; me dio miedo. El miedo se convirtió en terror cuando esta mujer sacó un arma, un revólver de su cartera y me apuntó; iba a dispararme, lo iba a hacer, quise salir corriendo fuera del auto, arrojarme por el otro lado, por la otra puerta; me deslicé por el asiento y tomé el picaporte, la miré otra vez y caminaba hacia mí apresuradamente, rígida, muy nerviosa; la puerta estaba trabada, no cedía, y disparó contra mí...
Me desperté. Me desperté todo sudado en mi cama y agitado. Gracias a Dios había sido una pesadilla, pero una pesadilla muy real, era como haberla vivido. Esa mujer con un ojo de vidrio, tan delgada y nerviosa, expresando furia; me quedó muy presente. Eran las 5 de la mañana, intenté dormirme pero fue imposible; la mujer del ojo de vidrio me había desvelado.
Por la derecha aparece un automóvil a alta velocidad tocándonos bocina, era de color rojo; el taxista se puso muy nervioso, lo agarró de sorpresa; quiso volantear, pero su maniobra fue en vano, el auto fue a parar en medio de la fuente. Yo me golpeé la cabeza contra la ventana, estaba medio mareado y lo primero que atiné fue a querer bajar del coche. No había bajado todavía cuando miro hacia el otro conductor atolondrado que era el causante de este accidente; mi sorpresa fue grande al ver que el conductor era una mujer.
Una mujer de tez morena, de pelo lacio y largo sólo hasta la nuca, muy delgada (casi raquítica), vestía una pollera roja arriba de las rodillas haciendo juego con un saco también rojo; esta es su descripción, no muy fuera de lo común a no ser por uno de sus ojos que era de vidrio, totalmente blanco. Su media mirada me impresionó, me miraba fijamente como culpándome de algo, me miraba con bronca, con rabia; me dio miedo. El miedo se convirtió en terror cuando esta mujer sacó un arma, un revólver de su cartera y me apuntó; iba a dispararme, lo iba a hacer, quise salir corriendo fuera del auto, arrojarme por el otro lado, por la otra puerta; me deslicé por el asiento y tomé el picaporte, la miré otra vez y caminaba hacia mí apresuradamente, rígida, muy nerviosa; la puerta estaba trabada, no cedía, y disparó contra mí...
Me desperté. Me desperté todo sudado en mi cama y agitado. Gracias a Dios había sido una pesadilla, pero una pesadilla muy real, era como haberla vivido. Esa mujer con un ojo de vidrio, tan delgada y nerviosa, expresando furia; me quedó muy presente. Eran las 5 de la mañana, intenté dormirme pero fue imposible; la mujer del ojo de vidrio me había desvelado.
CAPITULO IV
La llamé, pero la llamé para decirle que yo no la había seducido en ningún momento y si pensaba que sí, fue sin querer, quería excusarme; ella lo único que dijo fue que la seducción corrió por su cuenta y me pidió el domicilio, titubeé unos segundos y se lo di.
A la media hora estaba tocando timbre en mi departamento. Cuando le abrí no me dio tiempo a decirle nada, me besó y me tiró sobre el sofá... me hizo el amor, sí, me hizo el amor, yo sólo era un títere sometiéndome a sus instintos, a sus juegos. Nunca me había pasado algo así, ni nunca me hubiese imaginado que pasaría. Lo hicimos dos veces más y quizás hubiese seguido si no fuese porque se levantó de repente de la cama y se fue, se fue porque su marido la llamaría a las 0 horas para ver como estaba y si todo había salido bien. La dejé ir, que más podía hacer.
A la media hora estaba tocando timbre en mi departamento. Cuando le abrí no me dio tiempo a decirle nada, me besó y me tiró sobre el sofá... me hizo el amor, sí, me hizo el amor, yo sólo era un títere sometiéndome a sus instintos, a sus juegos. Nunca me había pasado algo así, ni nunca me hubiese imaginado que pasaría. Lo hicimos dos veces más y quizás hubiese seguido si no fuese porque se levantó de repente de la cama y se fue, se fue porque su marido la llamaría a las 0 horas para ver como estaba y si todo había salido bien. La dejé ir, que más podía hacer.
CAPITULO III
Un día llegó a mi oficina Martina Kolh, esposa de uno de los socios del Banco, aquí va su ficha personal: de unos 28 años, muy delgada y elegante, y unos ojos verdes llenos de misterio que desnudaban con la mirada. Había venido mandada por su marido a firmar unos poderes bancarios; muy correcta en su lenguaje, típico de una familia de mucho dinero, pero ubicada y simpática, no sé si con todos sería así pero me pareció simpática. Charlamos largo rato sobre el Banco y todos sus empleados, por lo menos de los que conocía ella, llegó el mediodía y me pidió si no podía llevarla a almorzar pues no conocía muy bien la ciudad, no debía negarme.
Mi timidez sobresalió ante una mujer tan importante, no tuve tema de conversación en ningún momento, no sabía de que hablar, sólo conocía lo relacionado a la economía, lo financiero, pero a ella no le interesaba, ya habíamos hablado todo de lo que se podía hablar del Banco. Comenzó a preguntarme de mi familia y como había llegado a donde estaba, se ve que la aburrí porque ella siguió hablando de sí misma sin parar, no parecía una mujer de pueblo. Cuando terminamos de almorzar dijo que le encantaban los hombres tímidos, solo atiné a levantar la vista para mirarla consternado pero eso no fue todo... con su pie me tocó la entrepierna. Salté de la silla y sólo pude disimular llamando al mozo, ahora mi timidez fue más grande y salí corriendo de ahí, la esperé fuera del restaurant y como olvidando todo lo sucedido, en un trance de inconsciencia le dije que estaba esperando una llamada y debía estar en mi oficina cuanto antes, por suerte el Banco quedaba a la vuelta del restaurant, me fui dejándola sonriendo como una niña que acaba de hacer una travesura.
Se quedó toda la tarde en la sucursal hasta que se acercó a mi oficina y me dijo que pensaba estar por varios días en Rosario, que esta noche quería cenar conmigo y dejó su número telefónico del hotel.
¿Qué hacer?. Podría ser una trampa por parte de la sección de Personal del Banco, querían echarme y estaban buscando una excusa. Llegué a casa, me duché, y no hice más que pensar en Martina Kolh.
Mi timidez sobresalió ante una mujer tan importante, no tuve tema de conversación en ningún momento, no sabía de que hablar, sólo conocía lo relacionado a la economía, lo financiero, pero a ella no le interesaba, ya habíamos hablado todo de lo que se podía hablar del Banco. Comenzó a preguntarme de mi familia y como había llegado a donde estaba, se ve que la aburrí porque ella siguió hablando de sí misma sin parar, no parecía una mujer de pueblo. Cuando terminamos de almorzar dijo que le encantaban los hombres tímidos, solo atiné a levantar la vista para mirarla consternado pero eso no fue todo... con su pie me tocó la entrepierna. Salté de la silla y sólo pude disimular llamando al mozo, ahora mi timidez fue más grande y salí corriendo de ahí, la esperé fuera del restaurant y como olvidando todo lo sucedido, en un trance de inconsciencia le dije que estaba esperando una llamada y debía estar en mi oficina cuanto antes, por suerte el Banco quedaba a la vuelta del restaurant, me fui dejándola sonriendo como una niña que acaba de hacer una travesura.
Se quedó toda la tarde en la sucursal hasta que se acercó a mi oficina y me dijo que pensaba estar por varios días en Rosario, que esta noche quería cenar conmigo y dejó su número telefónico del hotel.
¿Qué hacer?. Podría ser una trampa por parte de la sección de Personal del Banco, querían echarme y estaban buscando una excusa. Llegué a casa, me duché, y no hice más que pensar en Martina Kolh.
CAPITULO II
Desde muy joven comencé a cartearme con gente de otros paises, al principio todos escribían y cambiábamos opiniones, pero con el tiempo también me fueron abandonando, una vez contadas todas las costumbres de mi país no tenía más que escribir sobre mis estudios porque no me pasaba nada más interesante; de a poco fueron desapareciendo, menos una, Isabel Oscaraibar, una española con la cual había entablado más que una relación de amigos por correspondencia, era mi confidente, quien me entendía en todo y me consolaba, nunca dudaba en criticarme pero con críticas que ayudaban; por ella estudié Ciencias Económicas (también es Contadora).
A pesar que la conocía tanto, no sabía como era físicamente. Desde un principio me dijo que no era necesario ser lindos o feos, rubios o morochos, altos o bajos; pensaba que el saber como éramos exteriormente limitaba nuestros sentimientos. Para mí no era inconveniente, al contrario, quizás pensaba que era muy apuesto con mucha pinta y musculoso con mirada penetrante de ojos claros; al principio insistí un poco pero como no obtenía respuesta desistí, total. Supuse que era la típica gallega de cabellos color negro y enrrulado, con cejas y labios gruesos, muy linda.
Cuando cobré mi primer sueldo la llamé por teléfono, ¡que gran emoción!, la sentía tan cerca mío sin considerar distancias reales. Su voz, su voz era también emocionante, comprensiva como sus palabras en las cartas, cariñosa y... sobre todo dulce. Estaba enamorado de ella, siempre estuve enamorado de ella, primero de sus palabras en las cartas y ahora de su voz. Por supuesto que no lo quise reconocer, me decía a mi mismo que era el idioma, que el tono gallego es muy dulce; vi «Las cosas del querer», miraba el informativo español por cable, pero no me parecían dulces, ni comprensivas, ni cariñosas. Sin duda me había enamorado perdidamente de ella. En la carta le puse que tenía muy linda voz y que debió haber sido locutora de radio; ella me contestó que también le había gustado mi voz porque era muy «dulce».
Soñé tantas cosas, tantas cosas.
Que a mí me trasladaban a una sucursal del Banco en España, entonces así poder vivir juntos; o que yo tenía tanto dinero que viajaba constantemente para vernos y hacer el amor todas las noches; o que ella dejaba todo en su país para vivir conmigo; o...
Pero todos mis sueños eran imposibles, como iría yo a dejar tan buen trabajo para ir a España; tampoco ella podía, menos para venir a Argentina. Qué boludo yo enamorarme de alguien tan lejos. Muchos podrán imaginar que no es obstáculo, pero soy una persona que le cuesta mucho tomar decisiones radicales, a pesar de ser gerente de un banco. ¡Qué ironía!.
Ya sus cartas no me bastaban, sus lindas palabras no me eran suficientes, tampoco oír su voz tan dulce; deseaba verla, tocarla, sentirla, amarla.
Un día se lo escribí «TE AMO», y pasé más de cinco meses sin recibir contestación. Le volví a escribir diciéndole que me había extralimitado con mis sentimientos y que había fantaseado en un momento de bajón amoroso; en realidad me había acobardado, ¿¡Cómo vivir sin sus cartas!?, hasta casi le pido perdón. Ella fue más inteligente, me dijo que un tiempo atrás ella había creído estar enamorada de mí pero comprendió que era un imposible, por las mismas razones de distancias que yo había usado como excusa; no tenía problemas en que nos siguiésemos escribiendo periódicamente, siempre que fuésemos dos buenos amigos, y olvidar nuestro supuesto enamoramiento trunco. Yo comprendí, pero seguía enamorado de ella, de Isabel Oscaraibar.
A pesar que la conocía tanto, no sabía como era físicamente. Desde un principio me dijo que no era necesario ser lindos o feos, rubios o morochos, altos o bajos; pensaba que el saber como éramos exteriormente limitaba nuestros sentimientos. Para mí no era inconveniente, al contrario, quizás pensaba que era muy apuesto con mucha pinta y musculoso con mirada penetrante de ojos claros; al principio insistí un poco pero como no obtenía respuesta desistí, total. Supuse que era la típica gallega de cabellos color negro y enrrulado, con cejas y labios gruesos, muy linda.
Cuando cobré mi primer sueldo la llamé por teléfono, ¡que gran emoción!, la sentía tan cerca mío sin considerar distancias reales. Su voz, su voz era también emocionante, comprensiva como sus palabras en las cartas, cariñosa y... sobre todo dulce. Estaba enamorado de ella, siempre estuve enamorado de ella, primero de sus palabras en las cartas y ahora de su voz. Por supuesto que no lo quise reconocer, me decía a mi mismo que era el idioma, que el tono gallego es muy dulce; vi «Las cosas del querer», miraba el informativo español por cable, pero no me parecían dulces, ni comprensivas, ni cariñosas. Sin duda me había enamorado perdidamente de ella. En la carta le puse que tenía muy linda voz y que debió haber sido locutora de radio; ella me contestó que también le había gustado mi voz porque era muy «dulce».
Soñé tantas cosas, tantas cosas.
Que a mí me trasladaban a una sucursal del Banco en España, entonces así poder vivir juntos; o que yo tenía tanto dinero que viajaba constantemente para vernos y hacer el amor todas las noches; o que ella dejaba todo en su país para vivir conmigo; o...
Pero todos mis sueños eran imposibles, como iría yo a dejar tan buen trabajo para ir a España; tampoco ella podía, menos para venir a Argentina. Qué boludo yo enamorarme de alguien tan lejos. Muchos podrán imaginar que no es obstáculo, pero soy una persona que le cuesta mucho tomar decisiones radicales, a pesar de ser gerente de un banco. ¡Qué ironía!.
Ya sus cartas no me bastaban, sus lindas palabras no me eran suficientes, tampoco oír su voz tan dulce; deseaba verla, tocarla, sentirla, amarla.
Un día se lo escribí «TE AMO», y pasé más de cinco meses sin recibir contestación. Le volví a escribir diciéndole que me había extralimitado con mis sentimientos y que había fantaseado en un momento de bajón amoroso; en realidad me había acobardado, ¿¡Cómo vivir sin sus cartas!?, hasta casi le pido perdón. Ella fue más inteligente, me dijo que un tiempo atrás ella había creído estar enamorada de mí pero comprendió que era un imposible, por las mismas razones de distancias que yo había usado como excusa; no tenía problemas en que nos siguiésemos escribiendo periódicamente, siempre que fuésemos dos buenos amigos, y olvidar nuestro supuesto enamoramiento trunco. Yo comprendí, pero seguía enamorado de ella, de Isabel Oscaraibar.
CAPITULO I
Trabajar como gerente de un banco en una gran ciudad, puede suponer ser una persona muy afortunada. Ser un soltero con una buena posición económica, puede ser envidiable. Pero no; no soy ningún afortunado, ni creo que alguien me envidie.
Mi nombre es Rubén Lastra, tengo 31 años, nací en Fighera, y ahora vivo en Rosario. Esta es mi ficha personal, no es que sea importante saberlo, pero sí para que se ubiquen en el tiempo y el espacio, en «mi» tiempo y espacio. Para más datos, en el pueblo mi padre era el almacenero «Don Marino», nunca fuimos muy especiales y menos yo, pero éramos conocidos, bueno en realidad el conocido era mi viejo porque en una pequeña ciudad (casi un pueblo) el almacenero es una persona al quien tarde o temprano todos conocen, claro esto era al principio, antes de que llegaran los supermercados a colonizar tierra virgen. Nunca nos fue difícil, teníamos nuestros fieles clientes que nunca podrían llegar a defraudar a «Don Marino»; así era él (mejor dicho es) la persona con mejor reputación de Fighera, nunca negaba ningún favor que pudiese cumplir aunque a veces se abusaran un poco. Por lo único que puedo estar orgulloso y caminar con la frente muy alta es por ser hijo de «Don Marino», no me hubiese molestado ser yo el siguiente almacenero, pero como él dice: «generación a generación se tiene que ir superando», y tengo que ser mejor que él y para mi es como un mandamiento. Aparte tengo madre y una hermana menor, pero no vienen al caso. Hice el primario y el secundario en Fighera y a la edad de 18 años emigré a la segunda ciudad de la República a estudiar Ciencias Económicas (ahora soy Contador Público Nacional, un CPN). Viví en una pensión de mala muerte, que ni siquiera era para estudiantes; la pagaba mi viejo, me mantenía mi viejo. El nunca vino a visitarme porque no podía dejar el negocio solo, pero no me hubiese gustado mostrarle la cucha donde estaba viviendo, no estoy arrepentido para nada porque yo la elegí (siempre me gustaron las casonas viejas con muchas habitaciones); se entraba por una pesada puerta de madera gastada de unos cuatro metros de alto, enseguida había una escalera que subía a la planta alta y a un costado un estrecho pasillo que conducía a los aposentos de la dueña, una vieja italiana gorda y sucia que había llegado a Argentina a los 6 años y aún no sabía hablar correctamente el castellano, cerrada y protestona como toda italiana. Arriba había como seis piezas individuales con un solo baño en común que despedía un hedor a orina espantoso, por suerte mi pieza era la primera y el baño quedaba al final, nunca pude creer como la habitación contigua podía estar habitada con todo ese olor dominando el ambiente, no había ventanas y sólo contaba con una cama de una plaza, una mesita de luz, un angosto placard y una aún más pequeña mesa con cuatro sillas; por supuesto que el ingreso de personas extrañas a la pensión estaba prohibido, así que esto era una excusa para no armar grupos de estudios en mi casa; la poca gente que entró jamás hizo comentario alguno.
Antes de terminar la carrera comencé a trabajar en una sucursal del Banco en la city cuya casa central está en otra ciudad más cercana a mi pueblo, y por intermedio de mi viejo «el almacenero» (que era cliente) pude entrar y como dije, ahora soy el gerente.
El tiempo que me llevó estudiar lo perdí en el amor, no tuve ninguna relación recordable o al menos que pueda mencionar, yo creo que todas se aburrían de mí, nunca me gustó ir a bailar y ni siquiera las fiestas de cumpleaños, mis compañeros de facultad me presentaban amigas y en ocasiones salíamos un par de veces pero estaba muy ocupado con mis estudios y mantener una relación amorosa significaba mucho tiempo del que no disponía y si ellas no se aburrían las hacía aburrir hasta hacer que se vayan, no podía tomar la decisión de echarlas; siempre fui un tímido de mierda y nunca podré llegar a ser un galán ¡Ja!, soy delgado y tan alto que parezco estirado, sin nombrar que me estoy quedando calvo. Tampoco hice grandes amigos, la gente que estudiaba iba quedando atrás en la carrera mientras yo seguía adelante o por último me dejaban solo porque decían que estaba muy obsesivo con el estudio y no sabía divertirme. Es verdad, soy muy obsesivo.
Pero no estoy aquí para hablar de mi pasado, por fin pasó algo interesante en mi vida que pueda ser contando y que me obligan a tomar lápiz y papel.
Mi nombre es Rubén Lastra, tengo 31 años, nací en Fighera, y ahora vivo en Rosario. Esta es mi ficha personal, no es que sea importante saberlo, pero sí para que se ubiquen en el tiempo y el espacio, en «mi» tiempo y espacio. Para más datos, en el pueblo mi padre era el almacenero «Don Marino», nunca fuimos muy especiales y menos yo, pero éramos conocidos, bueno en realidad el conocido era mi viejo porque en una pequeña ciudad (casi un pueblo) el almacenero es una persona al quien tarde o temprano todos conocen, claro esto era al principio, antes de que llegaran los supermercados a colonizar tierra virgen. Nunca nos fue difícil, teníamos nuestros fieles clientes que nunca podrían llegar a defraudar a «Don Marino»; así era él (mejor dicho es) la persona con mejor reputación de Fighera, nunca negaba ningún favor que pudiese cumplir aunque a veces se abusaran un poco. Por lo único que puedo estar orgulloso y caminar con la frente muy alta es por ser hijo de «Don Marino», no me hubiese molestado ser yo el siguiente almacenero, pero como él dice: «generación a generación se tiene que ir superando», y tengo que ser mejor que él y para mi es como un mandamiento. Aparte tengo madre y una hermana menor, pero no vienen al caso. Hice el primario y el secundario en Fighera y a la edad de 18 años emigré a la segunda ciudad de la República a estudiar Ciencias Económicas (ahora soy Contador Público Nacional, un CPN). Viví en una pensión de mala muerte, que ni siquiera era para estudiantes; la pagaba mi viejo, me mantenía mi viejo. El nunca vino a visitarme porque no podía dejar el negocio solo, pero no me hubiese gustado mostrarle la cucha donde estaba viviendo, no estoy arrepentido para nada porque yo la elegí (siempre me gustaron las casonas viejas con muchas habitaciones); se entraba por una pesada puerta de madera gastada de unos cuatro metros de alto, enseguida había una escalera que subía a la planta alta y a un costado un estrecho pasillo que conducía a los aposentos de la dueña, una vieja italiana gorda y sucia que había llegado a Argentina a los 6 años y aún no sabía hablar correctamente el castellano, cerrada y protestona como toda italiana. Arriba había como seis piezas individuales con un solo baño en común que despedía un hedor a orina espantoso, por suerte mi pieza era la primera y el baño quedaba al final, nunca pude creer como la habitación contigua podía estar habitada con todo ese olor dominando el ambiente, no había ventanas y sólo contaba con una cama de una plaza, una mesita de luz, un angosto placard y una aún más pequeña mesa con cuatro sillas; por supuesto que el ingreso de personas extrañas a la pensión estaba prohibido, así que esto era una excusa para no armar grupos de estudios en mi casa; la poca gente que entró jamás hizo comentario alguno.
Antes de terminar la carrera comencé a trabajar en una sucursal del Banco en la city cuya casa central está en otra ciudad más cercana a mi pueblo, y por intermedio de mi viejo «el almacenero» (que era cliente) pude entrar y como dije, ahora soy el gerente.
El tiempo que me llevó estudiar lo perdí en el amor, no tuve ninguna relación recordable o al menos que pueda mencionar, yo creo que todas se aburrían de mí, nunca me gustó ir a bailar y ni siquiera las fiestas de cumpleaños, mis compañeros de facultad me presentaban amigas y en ocasiones salíamos un par de veces pero estaba muy ocupado con mis estudios y mantener una relación amorosa significaba mucho tiempo del que no disponía y si ellas no se aburrían las hacía aburrir hasta hacer que se vayan, no podía tomar la decisión de echarlas; siempre fui un tímido de mierda y nunca podré llegar a ser un galán ¡Ja!, soy delgado y tan alto que parezco estirado, sin nombrar que me estoy quedando calvo. Tampoco hice grandes amigos, la gente que estudiaba iba quedando atrás en la carrera mientras yo seguía adelante o por último me dejaban solo porque decían que estaba muy obsesivo con el estudio y no sabía divertirme. Es verdad, soy muy obsesivo.
Pero no estoy aquí para hablar de mi pasado, por fin pasó algo interesante en mi vida que pueda ser contando y que me obligan a tomar lápiz y papel.
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