Era lunes, y como todo lunes iba a visitar a mi tía que vivía en el barrio de Arroyito, ella ya era una persona grande que había quedado viuda hacía tiempo, su hijo estaba viviendo en Estados Unidos y volvía una o dos veces al año; mi mamá me pidió que la visitara semanalmente para que no se sienta tan sola (era su hermana mayor), esto no me incomodaba, es mi tía predilecta y estoy muy a gusto con ella, a pesar de la edad puede mantener una conversación coherente e interesante, nos reímos mucho recordando cosas de la familia y cuando yo era chico, la pasamos muy bien, siempre y cuando no recuerde melancólicamente a su marido y a su hijo, pero claro ella dice que ni loca se va a vivir a Estados Unidos, yo la comprendo, cambiar tan crucialmente de raíces, de costumbres y cultura, aprender un idioma para poder comunicarse a la edad de 73 años, significa mucho.
Iba en colectivo, me había tomado la línea E que me dejaba en la cancha de Rosario Central y sólo tenía que caminar dos cuadras para llegar a su casa. Mientras viajaba transitando por calle Santa Fe, cerca de la estación de ómnibus Mariano Moreno, quedé petrificado, inmóvil, no lograba moverme; por una de las ventanillas me pareció ver a la raquítica mujer del ojo de vidrio blanco mirándome con desprecio muy profundo, me clavaba su mirada de rencor, de odio, estaba parada mientras la gente circulaba a su alrededor, tenía su uniforme de azafata color rojo fuego. Cerré y abrí los ojos pensando que era otro sueño, pero no, ella seguía ahí. El colectivo dobló por San Nicolás y la perdí de vista, pero no titubeé y me bajé en la siguiente esquina, corrí hasta Santa Fe y ella ya no estaba.
Esperé el próximo coche y llegué a casa de mi tía Marta, la noté más delgada, más joven, tenía su cabello teñido de negro como en su juventud hacía años; pero estos cambios no me llamaron la atención.
Charlamos mucho de mi infancia cuando yo venía a Rosario y me llevaba al cine, al parque Independencia junto con mi hermana y su hijo. Se hizo de noche y cenamos mirando televisión; al terminar ella fue a la cocina a lavar los platos y yo fui al baño. Al instante escucho gritar a mi tía y seguido a sus gritos un disparo de arma de fuego, los disparos continuaban y sus gritos se hacían cada vez menos audibles, estaba muriendo. Tiré con todas mis fuerzas la puerta del baño para socorrerla, pero la puerta no se abrió; no puede ser (pensé), la puerta no tiene traba en la parte de afuera, seguía haciendo fuerza mientras la llamaba esperando una contestación.
- ¡¡¡Tía Marta!!! ¡¡¡Tía Marta!!!
No contestaba, la habían matado aprovechando el momento en que entré al baño y trabado la puerta; empecé a llorar, me tiré al piso tomándome las piernas como un niño al que le sacan un juguete, lloraba pronunciando su nombre. De pronto siento ruidos en el techo, miro hacia arriba y noto que estaban abriendo la claraboyas del baño, estaba muy oscuro; quizás ahora querían matarme a mi, pero ¿Por qué no habían abierto la puerta. Estaba tan oscuro que no podía ver quien era cuando una persona se asomó por la abertura que había dejando al correr la loza de cemento, de pronto algo brilló en su rostro; bajó más su cabeza y la pude observar bien, brillaba su ojo de vidrio, su frío ojo blanco lleno de odio.
- ¡¡¡Tía Marta!!! ¡¡¡Tía Marta!!! (comencé a gritar nuevamente, esta vez pidiendo ayuda).
La raquítica mujer del ojo de vidrio trepó por la claraboyas y saltó, cayó como un gato, parada, la tenía frente a mi mirándome con odio dispuesta a matarme con su pequeño revólver...
Tenía a mi lado a Martina acostada, tomándome de los hombros. Estaba todo transpirado y llorando.
- ¿Qué pasó? ¿Tuviste una pesadilla mi amor?
Y qué pesadilla, fue tan real que al despertar miré con temor todo a mi alrededor, buscando a la mujer del ojo de vidrio, por suerte la única mujer cerca mío era Martina, que como toda una madre me consolaba, sosteniendo mi cabeza contra su pecho. Suelo darme cuenta cuando estoy soñando, incluso en esta pesadilla intenté despertarme, reaccionar ante el sueño, no pude, fue demasiado real; ya no tenía miedo de lo que había soñado sino de mi sueño.
- Estabas nombrando a una tal Marta mientras dormías. ¿Siempre soñás así? (me preguntó Martina).
- No; comprenderás que acostarme con la mujer de mi jefe me debe tener tensionado y...
- Pero no te preocupes nadie se va a enterar. ¿Tanto miedo le tenés a tu jefe?. Hablando de él, quizás ya haya llamado al Hotel, son las 11:00 del mediodía.
Se fue hasta el living a llamar por teléfono al Hotel, yo seguía pensando en la raquítica de rojo, dos noches seguidas había soñado con ella y dos noches seguidas había pasado junto a Martina, nunca estudié psicología (aunque he leído algo sobre la interpretación de los sueños), a lo mejor esta mujer representaba mi culpa por hacer el amor con la esposa de mi jefe, o era mi propio jefe representado en una mujer fea y rencorosa; que extraño, es la primera vez que me siento culpable, siempre fui tan individualista que nunca creí herir a nadie, y si lo hacia, me tenía sin cuidado. Esto me tranquilizaba, después de todo fue sólo una pesadilla; ya mi corazón volvía a palpitar en forma normal cuando ella entró a la habitación con toda su ropa y cartera en mano.
- Me voy. Adolfo llamó anoche a la 1 de la madrugada, hoy a las 9 y a las 9:15 (dijo sin mirarme a la cara buscando su ropa interior entre las sábanas).
- No sabía que te controlaba tanto.
- No lo hace, debe estar preocupado, lo tuve que haber llamado anoche. Nos encontramos a la una de la tarde, así tenés tiempo de ducharte, me pasas a buscar por el Hotel y vamos a comer a algún lugar donde nos queme el sol, hace muy lindo día, hoy invito yo ¿O.K.?
- Bueno, como te parezca.
Me dio un beso y salió sola del departamento casi corriendo. Seguía acostado en mi cama desnudo con los brazos debajo de mi cabeza y las piernas cruzadas, me sentía como orgulloso, dominando la situación cuando en realidad estaba siendo dominado por ella. Martina tomaba decisiones tratándome como un empleado de su Banco: «Vamos allá» «Pasame a buscar» «Llevame» «Traeme», todas órdenes; me gustaba, me calentaba, toda bronceada (a pesar de estar en el mes de octubre), un cuerpo muy estilizado por la gimnasia con su trasero redondo y parado al igual que sus tetas; incluso con la noche revuelta que tuvimos hace pocas horas, pensaba en ella y se me paraba el pito. Me reí, no sé porque, el hecho de sentirme cómplice con la esposa de un cornudo (esta vez no pensaba en mi jefe, sino en un hombre más), era la reacción de un típico macho, nunca creí llegar a sentirme así, yo, Lastra Rubén un amante, quien diría.
Me duché como ella dijo y estaba tratando de comer algo liviano para luego almorzar; en eso suena el teléfono:
- Hola
- ¿Rubén? Habla Martina. Metí la pata alevosamente (soy una estúpida). Cuando llamó a las 9:00 le dijeron que no había regresado a dormir al Hotel; le dije que me había quedado a dormir de Raquel ¿Te acordás?, mi amiga que anoche inauguró la perfumería. Pero él llamó a casa de Raquel y esta le contestó que me había ido muy temprano. Me hice la confundida diciendo que me había equivocado de nombre de amiga. Se lo creyó, pero creo que notó mi duda. ¡Qué estúpida que soy! ¡Dios mío!.
- Bueno, pero Raquel no le dijo que te fuiste conmigo... (le dije tratando de consolarla a ella y a mi también).
- El sabía que vos me acompañabas al cóctel. Yo me voy, le dije que esta misma tarde estaba en casa. Como algo y me voy...
- ¿No vamos a almorzar juntos?. Yo te quiero ver.
- No, no. Yo me voy a mi casa. Te llamo algún día de estos. Chau, nos vemos.
Y colgó, no me dio oportunidad de decirle nada más, realmente estaba muy nerviosa, asustada; o quizás también esto lo tenía planeado, era una manera de cortarlo todo y nunca más me llamaría. No lo podía soportar, tomé mi cardigan de lana y me fui al Hotel en taxi.
Llegué, me hice anunciar y ella ordenó que me dejasen pasar, subí hasta el quinto piso y ya me estaba esperando en la puerta sonriendo. El cuarto era muy lujoso, todo alfombrado, muebles de cedro colorado, una cama de dos plazas, dos mesitas de luz con veladores en dorado, un placard en una punta y en la otra una pequeña barra de bebidas, un gran ventanal por donde entraba el sol brillante.
- ¿¡Qué haces acá!?. Estás loco (me dijo rodeándome con sus brazos).
- Tenía muchas ganas de verte, y... que sé yo, vine.
- Hiciste bien, yo también tenía muchas ganas de estar con vos.
Sin perder más tiempo nos tiramos a la cama e hicimos el amor; me acariciaba constantemente y yo no dejaba de mirarla, estaba poseído por su belleza; pensé que esta era la primera vez que hacía el amor, las demás habían sido relaciones sexuales, estaba poniendo toda mi persona, toda mi pasión, no quería hacerla gozar sino que se sienta bien; era mía y ni siquiera Adolfo Kolh podría impedir que este momento fuese inolvidable para ambos. Nos duchamos juntos. Y almorzamos en el cuarto, pidió un menú de pescados para dos con vino blanco.
La acompañé a la estación de ómnibus, la despedí y luego, por más que no fuese lunes, fui a visitar a mi tía Marta.
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