Un día llegó a mi oficina Martina Kolh, esposa de uno de los socios del Banco, aquí va su ficha personal: de unos 28 años, muy delgada y elegante, y unos ojos verdes llenos de misterio que desnudaban con la mirada. Había venido mandada por su marido a firmar unos poderes bancarios; muy correcta en su lenguaje, típico de una familia de mucho dinero, pero ubicada y simpática, no sé si con todos sería así pero me pareció simpática. Charlamos largo rato sobre el Banco y todos sus empleados, por lo menos de los que conocía ella, llegó el mediodía y me pidió si no podía llevarla a almorzar pues no conocía muy bien la ciudad, no debía negarme.
Mi timidez sobresalió ante una mujer tan importante, no tuve tema de conversación en ningún momento, no sabía de que hablar, sólo conocía lo relacionado a la economía, lo financiero, pero a ella no le interesaba, ya habíamos hablado todo de lo que se podía hablar del Banco. Comenzó a preguntarme de mi familia y como había llegado a donde estaba, se ve que la aburrí porque ella siguió hablando de sí misma sin parar, no parecía una mujer de pueblo. Cuando terminamos de almorzar dijo que le encantaban los hombres tímidos, solo atiné a levantar la vista para mirarla consternado pero eso no fue todo... con su pie me tocó la entrepierna. Salté de la silla y sólo pude disimular llamando al mozo, ahora mi timidez fue más grande y salí corriendo de ahí, la esperé fuera del restaurant y como olvidando todo lo sucedido, en un trance de inconsciencia le dije que estaba esperando una llamada y debía estar en mi oficina cuanto antes, por suerte el Banco quedaba a la vuelta del restaurant, me fui dejándola sonriendo como una niña que acaba de hacer una travesura.
Se quedó toda la tarde en la sucursal hasta que se acercó a mi oficina y me dijo que pensaba estar por varios días en Rosario, que esta noche quería cenar conmigo y dejó su número telefónico del hotel.
¿Qué hacer?. Podría ser una trampa por parte de la sección de Personal del Banco, querían echarme y estaban buscando una excusa. Llegué a casa, me duché, y no hice más que pensar en Martina Kolh.
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