domingo, 27 de abril de 2008

CAPITULO X

A la semana siguiente me llamó, a mi casa por supuesto.
Recién llegaba del Banco y me disponía a comer algo mirando los dibujitos de la tarde, sonó el teléfono y atendí:
- ¿Hola, Rubén? Soy Martina... ¿Rubén?
No me salía ninguna palabra de la boca, estaba sorprendido, me había dicho varias veces que ya no llamaría y tenía que tratar de olvidar todo lo sucedido. Mi sorpresa se hacía mayor cuando la escuchaba decir que me había extrañado mucho y no veía la hora de volver a verme, me dijo “Te quiero mucho”; no podía hablar, en la próxima semana estaría nuevamente en Rosario con la excusa de visitar a su amiga Raquel que se encontraba enferma, pero en realidad pararía en mi casa. Colgó.
No lo podía creer, viviría junto a mí toda una semana, ya empezaba a planear las salidas y los paseos que daríamos juntos, yo creía que era mejor se quedase al menos unos días en casa de Raquel, el marido la llamaba seguido por teléfono y sería malo que no la encontrase allí, bueno resolveríamos esos problemas los dos. Pensé si otra vez volvería a soñar con la raquítica que me quería matar, porque comencé a soñar con ella desde mis salidas con Martina y cuando ésta se fue no tuve más pesadillas, pero aún me tenía preocupado; mi culpa personificada en la mujer del ojo de vidrio me seguía a todos lados aunque al menos no despertaba sobresaltado y sudado; nunca quise psicoanalizarme pero creo que ha llegado el momento de hacerlo, bueno... no sé.
Ahora solamente quería contárselo a alguien, no podía dejar pasar este momento y disfrutarlo solo, no sé, de pronto tenía ganas de compartir mi felicidad. Fui al «Mercado de Pulgas», más no encontré a mi ex compañero hippie; pensé en mi tía Marta, no era conveniente aún. Entonces le escribí a Isabel, tiré dos hojas al cesto, no encontraba las palabras precisas para contarle, no quería hacerlo, me preocupaba su crítica, su opinión siempre me afectó y tenía miedo que esta vez fuese negativa para mi conveniencia. Mi carta fue muy fría, una sola carilla cuando siempre eran como mínimo tres hojas completas llenas de entusiasmo. Mis sentimientos hacia Isabel habían cambiado, la veía como un obstáculo entre Martina y yo, como si fuese mi esposa, una esposa celosa que me controlaba y con seguridad no podría aceptar una relación extra matrimonial; ahora mi amor estaba dividido en dos, aunque una de ellas me había dado una oportunidad diferente, el contacto físico quiere decir mucho, pero sin duda conocía más a Isabel.
Le escribí, pero no le conté nada.

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