Trabajar como gerente de un banco en una gran ciudad, puede suponer ser una persona muy afortunada. Ser un soltero con una buena posición económica, puede ser envidiable. Pero no; no soy ningún afortunado, ni creo que alguien me envidie.
Mi nombre es Rubén Lastra, tengo 31 años, nací en Fighera, y ahora vivo en Rosario. Esta es mi ficha personal, no es que sea importante saberlo, pero sí para que se ubiquen en el tiempo y el espacio, en «mi» tiempo y espacio. Para más datos, en el pueblo mi padre era el almacenero «Don Marino», nunca fuimos muy especiales y menos yo, pero éramos conocidos, bueno en realidad el conocido era mi viejo porque en una pequeña ciudad (casi un pueblo) el almacenero es una persona al quien tarde o temprano todos conocen, claro esto era al principio, antes de que llegaran los supermercados a colonizar tierra virgen. Nunca nos fue difícil, teníamos nuestros fieles clientes que nunca podrían llegar a defraudar a «Don Marino»; así era él (mejor dicho es) la persona con mejor reputación de Fighera, nunca negaba ningún favor que pudiese cumplir aunque a veces se abusaran un poco. Por lo único que puedo estar orgulloso y caminar con la frente muy alta es por ser hijo de «Don Marino», no me hubiese molestado ser yo el siguiente almacenero, pero como él dice: «generación a generación se tiene que ir superando», y tengo que ser mejor que él y para mi es como un mandamiento. Aparte tengo madre y una hermana menor, pero no vienen al caso. Hice el primario y el secundario en Fighera y a la edad de 18 años emigré a la segunda ciudad de la República a estudiar Ciencias Económicas (ahora soy Contador Público Nacional, un CPN). Viví en una pensión de mala muerte, que ni siquiera era para estudiantes; la pagaba mi viejo, me mantenía mi viejo. El nunca vino a visitarme porque no podía dejar el negocio solo, pero no me hubiese gustado mostrarle la cucha donde estaba viviendo, no estoy arrepentido para nada porque yo la elegí (siempre me gustaron las casonas viejas con muchas habitaciones); se entraba por una pesada puerta de madera gastada de unos cuatro metros de alto, enseguida había una escalera que subía a la planta alta y a un costado un estrecho pasillo que conducía a los aposentos de la dueña, una vieja italiana gorda y sucia que había llegado a Argentina a los 6 años y aún no sabía hablar correctamente el castellano, cerrada y protestona como toda italiana. Arriba había como seis piezas individuales con un solo baño en común que despedía un hedor a orina espantoso, por suerte mi pieza era la primera y el baño quedaba al final, nunca pude creer como la habitación contigua podía estar habitada con todo ese olor dominando el ambiente, no había ventanas y sólo contaba con una cama de una plaza, una mesita de luz, un angosto placard y una aún más pequeña mesa con cuatro sillas; por supuesto que el ingreso de personas extrañas a la pensión estaba prohibido, así que esto era una excusa para no armar grupos de estudios en mi casa; la poca gente que entró jamás hizo comentario alguno.
Antes de terminar la carrera comencé a trabajar en una sucursal del Banco en la city cuya casa central está en otra ciudad más cercana a mi pueblo, y por intermedio de mi viejo «el almacenero» (que era cliente) pude entrar y como dije, ahora soy el gerente.
El tiempo que me llevó estudiar lo perdí en el amor, no tuve ninguna relación recordable o al menos que pueda mencionar, yo creo que todas se aburrían de mí, nunca me gustó ir a bailar y ni siquiera las fiestas de cumpleaños, mis compañeros de facultad me presentaban amigas y en ocasiones salíamos un par de veces pero estaba muy ocupado con mis estudios y mantener una relación amorosa significaba mucho tiempo del que no disponía y si ellas no se aburrían las hacía aburrir hasta hacer que se vayan, no podía tomar la decisión de echarlas; siempre fui un tímido de mierda y nunca podré llegar a ser un galán ¡Ja!, soy delgado y tan alto que parezco estirado, sin nombrar que me estoy quedando calvo. Tampoco hice grandes amigos, la gente que estudiaba iba quedando atrás en la carrera mientras yo seguía adelante o por último me dejaban solo porque decían que estaba muy obsesivo con el estudio y no sabía divertirme. Es verdad, soy muy obsesivo.
Pero no estoy aquí para hablar de mi pasado, por fin pasó algo interesante en mi vida que pueda ser contando y que me obligan a tomar lápiz y papel.
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1 comentario:
Muy bueno ;)
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