Viajaba en taxi yendo al Banco, íbamos por la Bajada Sargento Cabral llegando a la avenida Belgrano (donde está la fuente), no sabía por qué el conductor había tomado por ahí, quizás algún desvío, no sé; íbamos muy despacio, no tenía apuro.
Por la derecha aparece un automóvil a alta velocidad tocándonos bocina, era de color rojo; el taxista se puso muy nervioso, lo agarró de sorpresa; quiso volantear, pero su maniobra fue en vano, el auto fue a parar en medio de la fuente. Yo me golpeé la cabeza contra la ventana, estaba medio mareado y lo primero que atiné fue a querer bajar del coche. No había bajado todavía cuando miro hacia el otro conductor atolondrado que era el causante de este accidente; mi sorpresa fue grande al ver que el conductor era una mujer.
Una mujer de tez morena, de pelo lacio y largo sólo hasta la nuca, muy delgada (casi raquítica), vestía una pollera roja arriba de las rodillas haciendo juego con un saco también rojo; esta es su descripción, no muy fuera de lo común a no ser por uno de sus ojos que era de vidrio, totalmente blanco. Su media mirada me impresionó, me miraba fijamente como culpándome de algo, me miraba con bronca, con rabia; me dio miedo. El miedo se convirtió en terror cuando esta mujer sacó un arma, un revólver de su cartera y me apuntó; iba a dispararme, lo iba a hacer, quise salir corriendo fuera del auto, arrojarme por el otro lado, por la otra puerta; me deslicé por el asiento y tomé el picaporte, la miré otra vez y caminaba hacia mí apresuradamente, rígida, muy nerviosa; la puerta estaba trabada, no cedía, y disparó contra mí...
Me desperté. Me desperté todo sudado en mi cama y agitado. Gracias a Dios había sido una pesadilla, pero una pesadilla muy real, era como haberla vivido. Esa mujer con un ojo de vidrio, tan delgada y nerviosa, expresando furia; me quedó muy presente. Eran las 5 de la mañana, intenté dormirme pero fue imposible; la mujer del ojo de vidrio me había desvelado.
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